Parte 2: LAS CARTAS QUE LE ROBARON DURANTE DIECIOCHO AÑOS

La lluvia caía con fuerza sobre el patio cuando Adrián se detuvo frente a Baltazar.

Ninguno de los dos habló durante varios segundos.

Entonces Adrián miró a Eulalia.

La anciana seguía abrazando aquella vieja fotografía como si temiera que también pudieran arrebatársela.

—Perdóname, mamá.

Ella rompió a llorar.

—Pensé… que ya no te acordabas de mí.

Adrián cayó de rodillas frente a ella.

—No hubo un solo cumpleaños en que no te escribiera.

Baltazar soltó una carcajada.

—¿Escribir?

—Sí.

—Qué bonito cuento.

Adrián abrió lentamente el maletín que llevaba consigo.

Sacó una carpeta gruesa.

Estaba llena de copias de cartas.

Más de doscientas.

Cada una tenía fecha.

Cada una llevaba el mismo destinatario.

Doña Eulalia Cruz.

Baltazar dejó de sonreír.

—Te escribí durante dieciocho años.

Cada Navidad.

Cada Día de las Madres.

Cada vez que conseguía un nuevo trabajo.

Cada ascenso.

Cada logro.

Nunca dejé de escribirte.

Eulalia temblaba.

—Yo… nunca recibí ninguna.

Adrián asintió con tristeza.

—Lo sé.

Por eso regresé.

Para averiguar quién las hizo desaparecer.


Uno de los hombres que había bajado de las camionetas se acercó.

Era un notario.

Otro era un comandante de la Policía Ministerial.

El tercero pertenecía a la Fiscalía Especializada en Delitos Patrimoniales.

Baltazar comenzó a inquietarse.

—¿Qué significa esto?

El comandante respondió con serenidad.

—Hace tres meses recibimos una denuncia.

Baltazar frunció el ceño.

—¿De quién?

Adrián levantó la mano.

—Mía.

Todos guardaron silencio.

—Cuando pasaron más de quince años sin recibir una sola respuesta…

Pensé que tal vez mamá ya no quería saber de mí.

Pero el año pasado encontré por casualidad a un antiguo cartero de este pueblo.

Un anciano llamado don Ernesto.

Eulalia abrió mucho los ojos.

Recordaba perfectamente al viejo cartero.

Adrián continuó.

—Él me preguntó por qué había dejado de escribir.

Le respondí que jamás había dejado de hacerlo.

Entonces comprendimos que algo no cuadraba.


Don Ernesto declaró ante la Fiscalía.

Contó que, durante años, cuando él enfermó y otro empleado cubría la ruta, era Baltazar quien insistía en recibir personalmente toda la correspondencia dirigida a Eulalia.

—Decía que su tía ya casi no veía.

Que él se encargaba de entregársela.

Pero nunca lo hizo.

El comandante abrió otra carpeta.

Dentro había decenas de sobres.

Todos abiertos.

Todos dirigidos a Eulalia.

Habían sido encontrados durante un cateo realizado aquella misma mañana en la antigua bodega de Baltazar.

La anciana llevó una mano a la boca.

Comenzó a leer el primero.

“Mamá, hoy aprobé mi primer semestre.”

Luego otro.

“Mamá, conseguí trabajo.”

Otro más.

“Mamá, compré mi primer automóvil.”

Después uno fechado doce años atrás.

“Mamá, guardo dinero para construirte la casa que te prometí cuando poníamos cubetas bajo las goteras.”

Las lágrimas caían sin control por el rostro de Eulalia.

Había esperado dieciocho años creyendo que el niño al que había criado la había olvidado.

Nunca fue así.

Alguien le robó cada una de aquellas palabras.


El notario pidió entonces la carpeta que Baltazar llevaba bajo el brazo.

La revisó durante apenas unos segundos.

Negó lentamente con la cabeza.

—Estas firmas fueron obtenidas mediante engaño.

Los documentos no corresponden con lo que la señora creyó firmar.

Levantó la vista.

—La transferencia de la propiedad es nula.

La casa nunca dejó de pertenecer a doña Eulalia.

Baltazar intentó retroceder.

Dos agentes lo detuvieron.

—Queda usted detenido por fraude, abuso de confianza, ocultamiento de correspondencia y falsificación documental.

El hombre comenzó a gritar.

Nadie volvió a escucharlo.


Tres meses después, la vieja casa seguía en pie.

Pero ya no tenía techo de lámina.

Ni goteras.

Ni paredes agrietadas.

Adrián cumplió exactamente la promesa que había hecho cuando tenía seis años.

Construyó una vivienda sencilla, amplia y cálida en el mismo terreno.

Con un jardín donde volvió a plantar dos rosales iguales a los antiguos.

La cocina seguía oliendo a tlacoyos.

Porque Eulalia insistía en prepararlos cada domingo.

—Aunque ahora los hagamos por gusto y no por necesidad.

Una tarde, mientras ordenaban unas cajas, Adrián colocó sobre la mesa todos los sobres recuperados.

Doscientas diecisiete cartas.

Eulalia las acarició una por una.

—Me perdí dieciocho años de tu vida.

Adrián tomó sus manos.

—No.

Nos los robaron.

Pero todavía nos queda el resto.

La anciana sonrió.

Después abrió la primera carta.

Y la leyó en voz alta, como si hubiera llegado exactamente ese mismo día.

Porque el amor verdadero no desaparece cuando deja de llegar una respuesta.

Solo espera, con la misma paciencia con la que una madre espera siempre el regreso de un hijo.

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