El anciano permaneció inmóvil.
Sus labios temblaban sin emitir un solo sonido.
La oficina quedó sumida en un silencio insoportable.
Solo el viejo reloj seguía marcando los segundos.
La joven respiró hondo.
Durante treinta años había imaginado aquel momento.
Pero nunca creyó que sería tan doloroso.
El anciano volvió a mirar el colgante.
Después la miró a ella.
—Eso… eso es imposible.
Su voz apenas era un susurro.
—Mi hija murió cuando apenas era un bebé.
Aquellas palabras atravesaron el corazón de la joven.
Sacó lentamente una pequeña caja de madera de su bolso.
La colocó sobre el escritorio.
Al abrirla, apareció un diminuto colgante de jade.
Era la otra mitad.
Las dos piezas tenían el mismo grabado.
Un dragón incompleto.
Cuando el anciano acercó su amuleto, ambas mitades encajaron a la perfección.
El dibujo quedó completo por primera vez en tres décadas.
Las manos del hombre comenzaron a temblar.
Recordó aquella noche de tormenta.
El hospital.
Los médicos entrando y saliendo de la habitación.
Y una enfermera que le dijo con absoluta frialdad:
—Lo sentimos… su hija no sobrevivió.
Él nunca pidió ver el cuerpo.
Confiaba plenamente en su esposa y en el director del hospital.
La joven rompió el silencio.
—No morí.
Fui entregada a otra familia el mismo día en que nací.
El anciano retrocedió un paso.
Su respiración se volvió agitada.
—¿Quién hizo algo tan monstruoso?
Ella abrió una carpeta llena de documentos.
Certificados de nacimiento.
Registros hospitalarios.
Fotografías antiguas.
Y una prueba de ADN.
La colocó frente a él.
—Noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de compatibilidad.
El anciano sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
Se dejó caer lentamente sobre la silla.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
Treinta años creyéndose culpable de no haber podido proteger a su hija.
Treinta años visitando una tumba vacía.
La joven también lloraba.
Nunca había querido venganza.
Solo necesitaba conocer la verdad.
En ese momento llamaron a la puerta.

El secretario anunció con evidente nerviosismo:
—Señor… acaba de llegar la señora Victoria.
El rostro del anciano cambió por completo.
Victoria.
Su segunda esposa.
La única persona que había estado presente el día del nacimiento.
La puerta se abrió lentamente.
Al ver el colgante completo sobre el escritorio, Victoria perdió todo el color del rostro.
Retrocedió un paso.
Intentó marcharse.
Pero la joven pronunció una frase que la dejó completamente paralizada.
—Treinta años atrás… usted fue quien ordenó que me separaran de mi padre.
Lee la Parte 3.