La oscuridad cubrió por completo la avenida.
Solo la lluvia seguía cayendo con fuerza sobre los vehículos inmóviles.
El dueño del automóvil se lanzó contra la silueta que intentaba abrir la puerta trasera.
Ambos cayeron violentamente sobre el pavimento mojado.
Los curiosos retrocedieron aterrados.
Los dos matones aprovecharon la confusión.
Uno corrió hacia el maletero.
El otro comenzó a empujar a quienes intentaban acercarse.
—¡Apártense!
Su voz sonó como una amenaza.
En ese instante, una mujer levantó su teléfono.
Había activado la linterna.
La luz iluminó el rostro del supuesto ladrón.
El dueño del vehículo quedó inmóvil durante un segundo.
Lo reconoció.
—¿Tú?
El hombre agachó la cabeza.
Había trabajado cinco años como conductor de confianza en su empresa.
Desapareció seis meses atrás sin dejar explicación.
El ex empleado aprovechó la sorpresa para escapar hacia el maletero.
Introdujo una llave especial.
Pero cuando logró abrirlo…
Su expresión cambió por completo.
El maletín negro seguía allí.
Intacto.
Sin embargo, nadie intentó tomarlo.
El conductor cerró el maletero inmediatamente.
Como si aquello nunca hubiera sido su verdadero objetivo.
El dueño comprendió que algo no encajaba.
—¿Qué estás buscando realmente?
El hombre guardó silencio.
Los matones comenzaron a ponerse nerviosos.
Uno de ellos miró repetidamente hacia el asiento trasero del automóvil.
Ese pequeño gesto no pasó desapercibido.
El propietario abrió rápidamente la puerta trasera.
Sobre el asiento había una sencilla mochila infantil.
Azul.
Con un pequeño dinosaurio bordado.
Dentro descansaba un viejo oso de peluche.
Y un cuaderno escolar.
Nada parecía tener valor.
Pero el ex conductor dejó de resistirse en cuanto vio aquella mochila.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
—Por favor…
—No la abra.
El dueño frunció el ceño.
Sacó lentamente el cuaderno.
En la primera página apareció una fotografía.
Una niña sonriendo junto a él.
Detrás de la imagen había una fecha escrita a mano.

Y una frase.
“Si algún día me pasa algo, entrégale esta mochila al ministro Alejandro Rivas. Solo él sabrá qué hacer.”
El ambiente volvió a quedar en silencio.
Aquello no tenía relación con un robo común.
El propietario abrió el compartimento oculto del cuaderno.
Dentro apareció una memoria USB.
Antes de que pudiera tocarla, decenas de vehículos negros rodearon la calle.
Hombres armados descendieron al mismo tiempo.
No llevaban insignias policiales.
Solo un brazalete plateado con el mismo símbolo grabado en la memoria.
El líder dio un paso al frente.
Miró directamente al dueño del automóvil.
Y pronunció una frase que hizo palidecer a todos.
—Entréguenos esa mochila.
Porque hace quince años… nosotros fuimos quienes provocamos aquel accidente que usted cree haber sobrevivido por casualidad.
Lee la Parte 3.