Mateo dejó de forcejear en cuanto vio el sobre negro.
Por primera vez desde que comenzó el escándalo, el miedo apareció en su rostro.
La figura desconocida avanzó hasta el escenario.
Nadie lograba reconocerla.
Vestía un abrigo oscuro y llevaba el rostro parcialmente cubierto.
Lucía observaba cada uno de sus movimientos con el corazón acelerado.
El hombre entregó el sobre directamente al juez que presidía la audiencia.
—Ábralo delante de todos.
Su voz sonó tranquila.
Pero cargada de una autoridad imposible de ignorar.
El juez rompió el sello lentamente.
Dentro encontró varias fotografías.
Un disco de almacenamiento.
Y un cuaderno con anotaciones fechadas durante más de dos años.
La expresión del magistrado cambió de inmediato.
Levantó una de las imágenes para que todos pudieran verla.
En ella aparecía Mateo colocando una cámara diminuta detrás de un cuadro.
Otra fotografía lo mostraba instalando un dispositivo dentro de un detector de humo.
Un murmullo recorrió toda la sala.
Mateo negó desesperadamente con la cabeza.
—¡Es un montaje!
Nadie respondió.
El desconocido dio un paso al frente.
—No son las únicas pruebas.
Sacó un segundo dispositivo.
Era un pequeño receptor inalámbrico.
Lo conectó a la pantalla principal del auditorio.
En cuestión de segundos apareció un plano completo del edificio.
Cada punto rojo marcaba una cámara oculta.
No había una.
Ni dos.
Había decenas.
Los asistentes comenzaron a mirar a su alrededor con horror.
Lucía sintió un escalofrío.
Había sido vigilada durante meses sin saberlo.
El juez respiró profundamente.
—¿Quién autorizó instalar todo esto?
El desconocido respondió sin apartar la vista de Mateo.
—Nadie.
Porque este no era un caso de espionaje doméstico.
Era una red organizada que grababa ilegalmente a decenas de personas para extorsionarlas después.
El silencio volvió a apoderarse del lugar.
Mateo comprendió que ya no podía escapar.
Pero, en lugar de rendirse, comenzó a reír.
Una risa fría.
Inquietante.
—¿De verdad creen que todo termina conmigo?
Todos quedaron inmóviles.
Mateo levantó lentamente la mirada.
—Las grabaciones nunca estuvieron en mi teléfono.
Ya fueron enviadas.
Lucía sintió que el mundo se detenía.
—¿A quién?
Mateo sonrió una última vez.
—A la única persona que lleva diez años dirigiendo esta operación… y que está sentada en esta misma sala.
En ese instante, varias personas giraron la cabeza al mismo tiempo.

Una mujer de impecable traje gris se levantó lentamente de su asiento.
Aplaudía con absoluta calma.
Y dijo una frase que heló la sangre de todos.
—Por fin alguien entendió que Mateo… nunca fue el verdadero responsable.
Lee la Parte 3.