Parte 2: EL RETRATO QUE NADIE DEBÍA VER

El silencio se extendió por la habitación como una niebla espesa.

Nathan seguía sujetando con fuerza la manga de mi camisa mientras el señor Lu permanecía inmóvil en la puerta, con la mirada fija sobre mi rostro.

No entendía aquella expresión.

No era sorpresa.

Era algo mucho más profundo.

Era el rostro de un hombre que acababa de ver regresar un fantasma.

—¿Qué ocurre? —pregunté con cautela.

Él no respondió.

Avanzó lentamente hasta quedar frente a la fotografía antigua colgada en el pasillo.

Volvió a mirarla.

Después volvió a mirarme a mí.

—Mayordomo Chen.

El anciano apareció de inmediato.

—Sí, señor.

—¿Quién colocó este retrato aquí?

El hombre tragó saliva.

—Siempre ha estado en este lugar.

El señor Lu permaneció unos segundos en silencio antes de hablar otra vez.

—Llévela a la biblioteca esta noche.

Su tono era tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Pero algo me decía que detrás de aquella calma se escondía una tormenta.


Nathan seguía aferrado a mí incluso después de que su padre abandonara la habitación.

Bajó la cabeza.

—Papá está enfadado…

Me agaché hasta quedar a su altura.

—No contigo.

El pequeño levantó los ojos.

—¿Con quién?

No supe responder.

Porque, en realidad, yo también quería saberlo.


Aquella tarde acompañé a Nathan durante su rutina habitual.

Construimos animales con bloques.

Leímos un cuento ilustrado.

Después caminamos por los inmensos jardines de Lakeview Estate.

Era un niño extraordinariamente observador.

No hablaba mucho.

Pero lo veía todo.

Cuando un pájaro cayó de una rama con un ala herida, Nathan fue el primero en correr hacia él.

Lo sostuvo con una delicadeza inesperada.

—Le duele…

Asentí.

—Sí.

Abrí el pequeño botiquín que siempre llevaba conmigo.

Inmovilicé cuidadosamente el ala del ave.

Nathan observaba cada movimiento sin perder detalle.

—¿Así curas personas?

Sonreí.

—Más o menos.

El niño permaneció varios segundos pensativo.

Luego hizo una pregunta que me dejó completamente inmóvil.

—¿También puedes curar corazones?

Sentí un nudo en la garganta.

¿Qué clase de niño de cuatro años hacía una pregunta así?

Le acaricié el cabello con suavidad.

—Ojalá pudiera.

Nathan bajó la mirada.

—Entonces… ¿por qué nadie pudo curar el de mamá?

El aire pareció detenerse.

No insistí.

Comprendí que aquella herida seguía abierta.


A las ocho de la noche, el mayordomo llamó a la puerta de mi habitación.

—El señor Lu la espera.

La biblioteca ocupaba casi toda el ala oeste de la residencia.

Miles de libros cubrían las paredes.

En el centro había una enorme mesa de nogal.

El señor Lu permanecía de pie junto a una ventana.

No levantó la vista cuando entré.

—¿Conoce a esa mujer?

Señaló una fotografía diferente.

Era la misma joven del pasillo.

Vista de cerca, el parecido conmigo resultaba aún más inquietante.

Era como observar mi propio reflejo vestido con ropa de otra época.

Negué lentamente.

—Nunca la había visto.

Él estudió mi rostro durante varios segundos.

Como si buscara una mentira.

—Se llamaba Sophia Lin.

Mi respiración se detuvo.

—Era la madre de Nathan.

Guardé silencio.

—Murió hace cuatro años.

Bajó la mirada hacia la fotografía.

Por primera vez vi tristeza en aquel hombre.

Una tristeza inmensa.

Silenciosa.

—Todo el mundo dice que falleció durante el parto.

Hizo una pausa.

—Pero esa no es toda la verdad.

Antes de que pudiera preguntar, cerró la carpeta que tenía sobre la mesa.

—No necesita saber más.

Aquella respuesta solo aumentó mis dudas.


Esa misma noche no conseguí dormir.

Las preguntas no dejaban de dar vueltas en mi cabeza.

¿Por qué aquella mujer era idéntica a mí?

¿Por qué el señor Lu reaccionó de esa manera?

¿Y qué escondía realmente el tercer piso?

Precisamente cuando estaba a punto de apagar la luz, escuché un sonido.

Muy débil.

Como un golpe.

Después otro.

Venía desde arriba.

Desde el tercer piso.

Recordé la advertencia.

“Nunca suba al tercer piso.”

Intenté ignorarlo.

Pero entonces escuché algo más.

Una voz.

Era apenas un susurro.

No distinguía las palabras.

Solo el tono.

Parecía…

Una mujer llorando.

Mi piel se cubrió de escalofríos.

Abrí la puerta lentamente.

El pasillo estaba completamente vacío.

Los golpes continuaban.

Subí un escalón.

Luego otro.

Intentaba convencerme de que solo quería comprobar que todo estaba bien.

Nada más.

Cuando llegué frente a la escalera del tercer piso, descubrí que una enorme puerta de madera permanecía cerrada con llave.

Los sonidos cesaron de repente.

El silencio volvió a reinar.

Justo cuando iba a dar media vuelta, escuché una voz infantil detrás de mí.

—No entres.

Di un respingo.

Nathan estaba descalzo.

Con su conejo gris entre los brazos.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí.

—¿Qué haces despierto?

Él negó con la cabeza.

—Ella duerme.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién?

Nathan miró fijamente la puerta.

—La señora bonita.

Un frío recorrió mi espalda.

—¿La señora del retrato?

El niño no respondió.

Simplemente abrazó con más fuerza al conejo.

Después añadió en voz muy baja:

—Papá llora aquí todas las noches.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, el mayordomo apareció corriendo.

Su rostro estaba completamente pálido.

—¡Joven amo!

Tomó a Nathan de la mano.

Luego me miró con evidente nerviosismo.

—Señorita Emma… vuelva inmediatamente a su habitación.

—Pero…

—Por favor.

No era una petición.

Era una súplica.

Obedecí.

Mientras regresaba por el pasillo, sentí unos ojos observándome.

Giré lentamente la cabeza.

La ventana circular situada al fondo del tercer piso reflejaba la luz de la luna.

Y durante apenas un segundo…

Vi la silueta de una mujer de pie detrás del cristal.

Llevaba un vestido blanco.

Tenía el cabello largo.

Y su rostro…

Era exactamente igual al mío.

Parpadeé.

La figura había desaparecido.

A la mañana siguiente intenté convencerme de que todo había sido producto del cansancio.

Hasta que encontré un sobre blanco sobre mi mesa.

No tenía remitente.

Dentro solo había una fotografía antigua.

En ella aparecía la misma mujer sosteniendo a Nathan cuando era un bebé.

En el reverso, escrito con tinta azul ya descolorida, había una única frase:

“Si realmente te pareces a ella… aléjate antes de que descubras por qué ninguna cuidadora permanece viva demasiado tiempo.”

Related Posts

PARTE 2: LA CÁMARA DEL COMEDOR

El silencio duró apenas unos segundos. Después el oficial Herrera cerró su libreta. —Señora Valeria, por protocolo tendremos que investigar a todas las personas que estuvieron con…

PARTE 2: LA ORDEN QUE CAMBIÓ LA CASA

Los golpes en la puerta volvieron a escucharse. —¿Mariana? —preguntó Paola con una voz dulzona—. ¿Necesitan ayuda? Miré a mi madre. Seguía abrazándose el cuerpo, como si…

PARTE 2 – EL INFORME FORENSE DESTRUYÓ LA MENTIRA QUE OCULTABA LA NIÑERA

La puerta de la mansión se cerró tras los agentes. El silencio volvió a apoderarse de la sala. Sofía seguía abrazando a Camila con todas sus fuerzas….

PARTE 2 – EL HOMBRE DETRÁS DEL SOFÁ ABRIÓ LOS OJOS Y CAMBIÓ TODA LA VERDAD

Marcos dio un paso hacia la enorme mancha oscura del suelo. Elena sintió que el mundo entero se detenía. Su respiración era cada vez más rápida. No…

PARTE 2 – EL TESTAMENTO REVELÓ LA TRAICIÓN QUE HABÍA DESTRUIDO A LA FAMILIA

Julián permanecía de rodillas. Su teléfono cayó al suelo con un golpe seco. Nadie en la sala se atrevía a ayudarlo. Mi abuela levantó lentamente la mano….

PARTE 2 – EL ANCIANO REVELÓ QUIÉN ERA REALMENTE EL OBRERO HUMILLADO

El autobús volvió a ponerse en marcha. El silencio seguía dominando el ambiente. Marcos aceptó el asiento con una sonrisa tímida. —Gracias… hacía mucho tiempo que nadie…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *