Parte 2: LA AURORA REVELÓ LA MENTIRA QUE LLEVABA CINCO AÑOS OCULTA

El avión despegó mientras Sophie observaba cómo las luces de la ciudad desaparecían bajo las nubes.

Por primera vez en cinco años, Adrian no estaba sentado a su lado.

Le dolía.

Pero, extrañamente, también podía respirar.

Durante la escala en Ámsterdam apagó el teléfono para dormir unas horas.

Cuando aterrizó en Helsinki y volvió a encenderlo, aparecieron más de ochenta mensajes.

Treinta eran de Adrian.

Veinte de Jason.

El resto, del grupo de amigos.

Los ignoró.

Tomó el tren hacia Rovaniemi y, desde allí, el vehículo de la reserva privada la condujo hasta la cabaña de cristal.

Cuando abrió la puerta, sintió que el pecho se le encogía.

La nieve cubría completamente el bosque.

El silencio era absoluto.

Aquella era exactamente la imagen que había guardado durante años como fondo de pantalla.

Solo que ahora estaba completamente sola.

Esa noche preparó una taza de chocolate caliente y permaneció acostada bajo el techo transparente observando el cielo.

A las dos de la madrugada ocurrió.

Las primeras luces verdes comenzaron a ondular lentamente sobre el bosque.

Después aparecieron tonos violetas.

Azules.

Plateados.

La aurora boreal danzaba sobre ella.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.

Había esperado cinco años compartir aquel momento con el hombre que amaba.

Y terminó descubriendo que el sueño nunca había necesitado a Adrian para ser hermoso.

En ese instante recibió una videollamada.

Era Clara.

Su mejor amiga.

—¿Ya llegaste?

Sophie giró la cámara hacia el cielo.

Clara abrió los ojos.

—Dios mío…

Las dos permanecieron varios segundos sin hablar.

Después Clara preguntó con cautela:

—¿Cómo estás realmente?

Sophie sonrió.

—Creo que acabo de darme cuenta de que llevo demasiado tiempo pidiendo permiso para ser feliz.


Mientras tanto, en Estados Unidos, el viaje de Adrian estaba siendo un desastre.

Vanessa apenas había subido al avión cuando anunció que no podía respirar.

Tuvieron que desembarcar.

Los médicos comprobaron que no sufría ninguna crisis grave.

Solo un ataque de ansiedad.

El vuelo partió sin ellos.

Jason lanzó un suspiro.

—Perdimos toda la reserva.

Adrian permanecía mirando la puerta de embarque por donde Sophie había desaparecido.

Por primera vez sintió una inquietud imposible de explicar.

Marcó nuevamente su número.

Seguía apagado.


Dos días después, Sophie decidió visitar un pequeño café recomendado por la recepcionista del hotel.

Mientras esperaba su pedido, escuchó a una mujer hablando inglés detrás de ella.

—No puedo creer que Adrian todavía no le haya contado la verdad.

Sophie no reaccionó.

Era un nombre común.

Pero segundos después escuchó otro.

Vanessa.

Su cuerpo se quedó completamente inmóvil.

Disimuladamente observó el reflejo del cristal.

Dos mujeres conversaban junto a la ventana.

Una de ellas era Melissa.

La antigua compañera de universidad de Adrian.

No la veía desde hacía años.

—Cinco años ocultando un compromiso… es demasiado incluso para Adrian —comentó la otra.

Melissa negó con la cabeza.

—Nunca estuvo comprometido.

—¿Entonces?

—Peor.

Sacó el teléfono.

Buscó una fotografía.

—Cuando Charlotte quedó embarazada, Adrian quiso volver con ella.

Solo dejó la relación porque ella eligió a otro hombre.

La otra mujer abrió los ojos.

—¿Y Sophie?

Melissa suspiró.

—Siempre fue el plan B.

Decía que Sophie era la única capaz de aceptar convivir con el hijo de otra mujer.

Sophie sintió que toda la sangre desaparecía de su rostro.

No podía respirar.

Melissa continuó hablando sin imaginar quién estaba a pocos metros.

—Lo más triste es que Sophie cree que Vanessa siempre fue el problema.

Pero Vanessa nunca fue el verdadero obstáculo.

Charlotte sí.

Adrian jamás dejó de amarla.

Sophie salió del café antes de que las piernas dejaran de sostenerla.

Caminó durante varios minutos bajo la nieve sin rumbo.

Cinco años.

Cinco años creyendo que luchaba contra una amiga de la infancia.

Cuando, en realidad, había estado compartiendo la vida con un hombre que seguía enamorado de otra mujer.


Aquella noche Adrian consiguió comunicarse finalmente con ella.

—¿Dónde estás?

—En Finlandia.

Él soltó un largo suspiro.

—Gracias a Dios.

—¿Ocurre algo?

—Necesito hablar contigo.

—Puedes hacerlo ahora.

Hubo unos segundos de silencio.

—No por teléfono.

—Entonces tendrá que esperar.

La voz de Adrian comenzó a endurecerse.

—Sophie, deja de comportarte como una niña.

Ella sonrió con tristeza.

—¿Todavía no entiendes por qué me fui?

—Fue solo un viaje.

—No.

Su voz permaneció completamente tranquila.

—Nunca fue el viaje.

Adrian guardó silencio.

Ella continuó.

—¿Todavía amas a Charlotte?

Del otro lado no hubo respuesta.

Solo respiración.

Larga.

Pesada.

Sophie cerró los ojos.

Aquellos segundos de silencio respondían mucho más que cualquier palabra.

—Ya entiendo.

Estuvo a punto de colgar.

Pero Adrian habló.

—No es tan sencillo.

Ella sintió que el corazón terminaba de romperse.

Porque un hombre enamorado responde “no” inmediatamente.

Solo quien aún duda necesita explicar.

—Adiós, Adrian.

—¡Espera!

Pero la llamada ya había terminado.

Sophie levantó nuevamente la vista.

La aurora volvía a iluminar el cielo.

En ese instante recibió un correo electrónico.

El remitente era desconocido.

Solo contenía una frase.

“Si realmente quieres saber por qué Adrian nunca pudo olvidarla, abre el archivo adjunto.”

Debajo aparecía un documento titulado:

“RESULTADO DE ADN – CONFIDENCIAL.”

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