Parte 2: EL VERDADERO TRAIDOR SIEMPRE ESTUVO SENTADO A SU LADO

Ethan leyó el informe una segunda vez.

Después una tercera.

Las letras seguían siendo las mismas.

Probabilidad de paternidad: 0,00 %.

Debajo aparecía otro nombre.

Ryan Mercer.

Su director financiero.

Su mejor amigo desde la universidad.

El hombre que había estado sentado a su derecha durante ocho años.

El mismo que había sido padrino de nuestra boda.

Ethan dejó caer el sobre.

Por primera vez en muchos años no sabía qué hacer.

En ese momento sonó su teléfono.

Era Laura.

Contestó de inmediato.

—¿Qué demonios significa este informe?

Al otro lado solo hubo silencio.

—¡Respóndeme!

Finalmente Laura habló.

—Pensé que nunca lo descubrirías.

Ethan sintió que el mundo se desmoronaba.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace casi tres años.

—¿Ryan?

—Sí.

La llamada terminó.

Ethan permaneció inmóvil varios segundos.

Luego marcó el número de Ryan.

Apagado.

Corrió hasta la oficina central de CrossTech.

Ryan ya no estaba.

Su despacho había sido vaciado.

La computadora había desaparecido.

Los archivadores estaban completamente vacíos.

Sobre el escritorio solo quedaba una carta.

“Renuncio con efecto inmediato.”

“Gracias por enseñarme que la confianza ciega siempre termina siendo el mayor activo de una empresa.”

Ethan rompió el papel entre las manos.

Pero aquello era apenas el principio.


Mientras tanto, yo ya había aterrizado en Singapur.

No estaba huyendo.

Estaba trabajando.

Dos meses antes había creado discretamente una nueva empresa de consultoría tecnológica.

Todos los contratos eran legales.

Todo el capital provenía de la venta de mis acciones.

Nada pertenecía a Ethan.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Era el presidente del consejo de administración.

—Olivia…

Necesitamos hablar.

—Los escucho.

—Las acciones siguen cayendo.

Los bancos están congelando las líneas de crédito.

Los clientes exigen explicaciones.

Miré por la ventana del hotel.

—Eso ya no es asunto mío.

—Pero usted fundó esta empresa.

—También la sostuve mientras mi esposo financiaba una doble vida.

El hombre guardó silencio.

—¿Qué quiere?

—Nada.

Ya tomé mi decisión.

Colgué.


En menos de cuarenta y ocho horas comenzaron las consecuencias.

Tres fondos de inversión retiraron su respaldo.

Dos clientes internacionales suspendieron renovaciones.

Los bancos exigieron garantías adicionales.

Las acciones perdieron casi el sesenta por ciento de su valor.

Los medios financieros comenzaron a hablar de una posible intervención.

Pero el golpe definitivo llegó al tercer día.

El departamento jurídico descubrió que Ryan no solo mantenía una relación con Laura.

También llevaba años desviando dinero mediante empresas fantasma.

Millones de dólares.

Las transferencias aparecían autorizadas electrónicamente.

Siempre con la firma digital de Ethan.

Las autoridades iniciaron inmediatamente una investigación.


Cinco días después recibí una videollamada inesperada.

Era Ethan.

Tenía el rostro demacrado.

La barba descuidada.

Los ojos completamente hundidos.

—Olivia…

Necesito hablar contigo.

—Habla.

—Lo perdí todo.

No respondí.

—Ryan me robó.

Laura me engañó.

La empresa está al borde del colapso.

Necesito tu ayuda.

Lo observé durante unos segundos.

—¿Recuerdas el hospital?

Él bajó la cabeza.

—Sí.

—¿Recuerdas a los veinte guardaespaldas?

Asintió lentamente.

—Los contrataste para impedir que una esposa humillada entrara a hacer un escándalo.

Respiré con calma.

—Jamás entendiste quién era realmente.

Yo no quería destruir a otra mujer.

Quería dejar de sostener a un hombre que llevaba años destruyendo todo lo que construimos juntos.

Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.

—Cometí un error.

Negué suavemente.

—No.

Cometiste cientos.

Simplemente nunca pensaste que tendrían consecuencias.

Guardó silencio.

Después hizo la pregunta que llevaba días persiguiéndolo.

—¿Desde cuándo lo sabías?

Sonreí.

—Desde mucho antes de que Laura quedara embarazada.

La expresión de Ethan cambió por completo.

—¿Qué?

—El día que descubrí las primeras transferencias ocultas.

Contraté investigadores.

Auditores.

Abogados.

Esperé.

No porque quisiera vengarme.

Porque necesitaba reunir todas las pruebas.

Y cuando ustedes creyeron que estaban celebrando el nacimiento de una nueva familia…

Yo ya había terminado de cerrar la anterior.

Ethan intentó decir algo.

No encontró palabras.

Antes de cortar la llamada añadí una última frase.

—Por cierto…

El consejo de administración ya aprobó mi nombramiento como asesora principal de la empresa que acaba de adquirir los activos más valiosos de CrossTech.

Él abrió los ojos.

—¿Qué empresa?

Sonreí por última vez.

—La mía.

La videollamada terminó.

Y Ethan comprendió, demasiado tarde, que nunca perdió su empresa el día que yo vendí mis acciones.

La perdió mucho antes.

El día que decidió traicionar a la única persona que realmente sabía cómo mantenerla viva.

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