Los golpes en la puerta volvieron a escucharse.
—¿Mariana? —preguntó Paola con una voz dulzona—. ¿Necesitan ayuda?
Miré a mi madre.
Seguía abrazándose el cuerpo, como si incluso el aire pudiera hacerle daño.
Le apreté la mano.
—Ya nadie va a volver a tocarte.
Respiró hondo.
Asintió apenas.
Abrí la puerta.
Paola sonrió al verme.
—¿Ves? Ya te dije que a veces se pone nerviosa cuando la bañan.
—Sí.
Respondí con absoluta calma.
—Lo noté.
Ella no alcanzó a ver que mi teléfono seguía grabando dentro del bolsillo.
Media hora después regresó Ricardo.
Entró silbando.
Traía una carpeta negra bajo el brazo.
—¿Todo tranquilo?
Paola asintió.
—Tu hermana por fin entendió que cuidar a una persona mayor no es sencillo.
Ricardo sonrió satisfecho.
—Sabía que entrarías en razón.
Lo observé sin responder.
Él creyó que había ganado.
A las siete de la noche sonó el timbre.
Ricardo frunció el ceño.
—¿Esperan a alguien?
Abrí la puerta.
Entraron primero dos agentes de la Fiscalía Especializada.
Después una médica legista.
Una trabajadora social.
Y finalmente la licenciada Robles.
Mostró su identificación.
—Buenas noches.
—Venimos a ejecutar una orden de protección urgente a favor de la señora Teresa Salgado.
El color desapareció del rostro de Paola.
Ricardo dio un paso adelante.
—Debe tratarse de un error.
La licenciada levantó la carpeta.
—No.
—Existe una denuncia formal por violencia familiar, abuso patrimonial, lesiones y privación ilegal de la libertad.
—¡Eso es absurdo!
Ricardo comenzó a levantar la voz.
—Mi madre tiene demencia.
La médica lo interrumpió.
—Eso lo determinaremos nosotros.
Subió directamente a la habitación.
Minutos después salió acompañando a mi madre.
Teresa caminaba despacio.
Pero por primera vez en mucho tiempo ya no llevaba el rebozo.
Los moretones quedaron completamente visibles.
Nadie dijo una palabra.
La trabajadora social tomó fotografías.
La médica documentó cada lesión.
—Lesiones compatibles con sujeción prolongada.
Anotó algo más.
—Golpes en diferentes etapas de cicatrización.
Después levantó la vista.
—Esto no ocurrió en una sola ocasión.
Paola comenzó a llorar.
—¡Ella se cae!
—¡Siempre se golpea!
La médica negó con serenidad.
—Las caídas no dejan marcas simétricas alrededor de ambas muñecas.
Tampoco producen lesiones con forma de cuerda.
Entonces la licenciada Robles pidió revisar la habitación.
Ricardo intentó impedirlo.
—Necesitan una orden.
Ella sonrió apenas.
—Ya la tenemos.
Los agentes comenzaron la inspección.
Cinco minutos después uno de ellos llamó desde el dormitorio.
—Licenciada…
—Creo que debería ver esto.
Entramos.
Debajo de la cama apareció una caja metálica.
Dentro había varias libretas bancarias.
Escrituras originales.
Joyas antiguas.
Y un teléfono celular completamente destrozado.
Mi madre rompió a llorar.
—Ese era el mío.
—Ricardo lo rompió cuando quise llamarte.
Pero aún faltaba lo peor.
En el fondo de la caja apareció un cuaderno de tapas verdes.
La trabajadora social lo abrió.
Era un diario.
Mi madre había escrito casi todos los días durante los últimos tres años.
Con letra temblorosa.
“Hoy Ricardo volvió a decir que la casa ya no era mía.”
“Paola me dejó sin comer porque pregunté por mis ahorros.”
“Hoy me amarraron otra vez.”
“Si algún día Mariana encuentra este cuaderno, que sepa que nunca dejé de esperarla.”
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de varios presentes.
Incluso uno de los agentes tuvo que apartar la mirada.
Ricardo seguía intentando mantener la calma.
—Todo eso lo escribió porque está confundida.
La licenciada Robles sacó entonces otro documento.
—Curioso.
—Porque el banco acaba de confirmar que las transferencias realizadas desde las cuentas de la señora Teresa terminaron exactamente en una empresa administrada por usted.
Ricardo dejó de respirar por un instante.
Paola también palideció.
—No…
—Eso no puede…
La licenciada continuó.
—Y la venta de la casa de Valle de Bravo se realizó mediante un poder notarial firmado el mismo día en que la señora Teresa estaba hospitalizada.
El silencio fue absoluto.
Uno de los agentes se acercó lentamente a Ricardo.
—Señor…
—Necesitamos que nos acompañe.
Paola comenzó a gritar.
—¡Esto es culpa de Mariana!
—¡Ella quiere quedarse con todo!
Mi madre dio un paso al frente.
Pequeño.
Tembloroso.
Pero firme.
—No.
Todos la miraron.
Era la primera vez que levantaba la voz.
—Lo único que quiere mi hija…
Respiró con dificultad.
—Es salvarme.
Mientras los agentes colocaban las esposas a Ricardo, un policía recibió una llamada por radio.
Escuchó unos segundos.
Después miró directamente a la licenciada Robles.
—Acaba de llegar información del Registro Público.
—Hay algo más.
La licenciada frunció el ceño.
—¿Qué encontraron?
El agente levantó una carpeta recién impresa.
—La casa de Valle de Bravo no fue el único inmueble vendido.
Pasó lentamente la última hoja.
—Hace seis meses alguien también intentó vender una propiedad que legalmente nunca perteneció a Ricardo…
Miró a mi madre.

Y luego a mí.
—Sino a una sociedad creada por el difunto esposo de la señora Teresa hace más de treinta años.
Nadie en la familia había oído hablar jamás de aquella sociedad.
Ni siquiera mi madre.