El joven desbloqueó su teléfono sin apartar la mirada de la anciana.
Todos los vecinos guardaron silencio.
Incluso el administrador dejó de hablar.
—Antes de acusarme, vean esto.
Giró la pantalla hacia la multitud.
Era la grabación completa de la cámara que llevaba en el pecho para registrar cada entrega.
La imagen mostraba al repartidor entrando al edificio.
Saludaba al portero.
Subía al ascensor.
Nunca se acercaba a la anciana.
Los murmullos comenzaron a recorrer el vestíbulo.
El administrador frunció el ceño.
—Eso solo demuestra una parte de la historia.
El muchacho deslizó el video unos segundos más.
Entonces apareció la verdadera escena.
La anciana miraba a ambos lados del pasillo.
Después rompía deliberadamente una bolsa de basura.
Esparcía los desperdicios sobre el suelo.
Y, antes de que llegara el repartidor, se dejaba caer lentamente para fingir el accidente.
El silencio fue absoluto.
La sonrisa de la mujer desapareció.
—¡Ese video está manipulado!
Nadie respondió.
Uno de los vecinos levantó la mano.
—Yo también tengo una grabación desde la mirilla de mi puerta.
Sacó su teléfono.
Las imágenes coincidían exactamente.
La anciana había preparado toda la escena.
El administrador respiró profundamente.
—Señora… ¿quiere explicar lo que acabamos de ver?
Ella retrocedió varios pasos.
Su expresión cambió por completo.
Ya no parecía una víctima.
Parecía una persona acorralada.
—No tenían derecho a grabarme.
El repartidor negó con calma.
—Lo que no tenía derecho era a destruir mi vida.
En ese momento llegaron dos policías que habían sido llamados por los vecinos.
Uno de ellos comenzó a revisar las bolsas de basura esparcidas por el suelo.
De pronto encontró una carpeta impermeable escondida entre los desperdicios.
—¿Qué es esto?
El agente la abrió cuidadosamente.
Dentro había escrituras originales.
Contratos de compraventa.
Y varios documentos bancarios.
Todos pertenecían a la anciana.
Pero había algo extraño.
La fecha de aquellos papeles correspondía a la mañana de ese mismo día.
El administrador palideció.
Reconocía perfectamente esos documentos.
Eran el expediente de una investigación por fraude inmobiliario que debía entregarse al juzgado esa tarde.
La anciana intentó arrebatar la carpeta.
Los agentes la detuvieron inmediatamente.
Ella rompió a llorar.
—No podía permitir que encontraran esos documentos.
Necesitaba culpar a cualquiera para recuperarlos antes de que llegara la policía.
Los vecinos quedaron completamente impactados.

Sin embargo, uno de los agentes encontró un sobre más pequeño oculto dentro de la carpeta.
Lo abrió lentamente.
Su expresión cambió de inmediato.
—Esto ya no es solo un fraude.
Aquí aparece el nombre de otra persona.
El administrador se acercó para mirar.
En cuanto leyó la firma, dio un paso atrás completamente pálido.
Porque el supuesto socio de la anciana era el propietario de todo el edificio.
Y en ese preciso instante acababa de entrar por la puerta principal sin imaginar que toda la verdad había salido a la luz.
Lee la Parte 2.