El silencio duró apenas unos segundos.
Después el oficial Herrera cerró su libreta.
—Señora Valeria, por protocolo tendremos que investigar a todas las personas que estuvieron con la menor durante las últimas cuarenta y ocho horas.
Doña Teresa reaccionó antes que nadie.
—¡No hace falta investigar a todos!
Señaló directamente hacia mí.
—La niña pasa todo el día con su madre.
Ricardo no dijo nada.
Pero tampoco la contradijo.
Lo miré.
Esperaba una sola frase.
“Mi esposa jamás le haría daño a nuestra hija.”
Nunca llegó.
Respiré despacio.
No iba a discutir.
No iba a suplicar.
Solo levanté la vista hacia el oficial.
—Quiero hacer una petición.
—¿Cuál?
—Revisen la cámara del comedor de mi casa.
Ricardo frunció el ceño.
—¿Qué cámara?
Lo miré sorprendida.
—La que instalaste hace seis meses porque decías que querías vigilar a Sofía cuando yo salía al jardín.
Su expresión cambió apenas un instante.
Fue suficiente para que el oficial lo notara.
—¿Existe esa cámara?
—Sí.
Respondí.
—Graba las veinticuatro horas y guarda respaldo automático en la nube.
Doña Teresa dio un paso adelante.
—Seguro ya se borró.
Negué lentamente.
—No.
—Yo pago el almacenamiento.
Dos agentes acudieron a la casa mientras Sofía seguía en terapia intensiva.
Tres horas después regresaron con una computadora portátil.
El oficial conectó el equipo.
Todos permanecimos alrededor de la mesa.
La grabación comenzó.
Se veía el comedor.
Sofía coloreando un cuaderno.
Mi suegra preparando té.
Hora.
15:42.
Yo aparecía en pantalla.
—Voy al banco y regreso en media hora.
Besé a Sofía en la frente.
Le pedí que obedeciera a su abuela.
Después salí.
La puerta se cerró.
Durante los siguientes quince minutos no ocurrió nada.
Hasta que Teresa abrió un cajón.
Sacó un pequeño frasco transparente.
Lleno de diminutas bolitas plateadas.
El oficial pausó el video.
—¿Qué contiene ese frasco?
Nadie respondió.
La reproducción continuó.
Teresa tomó varias bolitas.
Las dejó sobre la mesa.
Sonrió.
—Mira, Sofi.
—Son pescaditos mágicos.
La niña levantó la cabeza.
—¿Pescaditos?
—Sí.
—Si te los tragas uno por uno, nadan en tu pancita y conceden deseos.
Sentí que el aire desaparecía.
Sofía dudó.
—¿No hacen daño?
Teresa rió.
—Claro que no.
—Son dulces especiales.
Tomó un vaso con yogur.
Escondió una bolita dentro.
La niña se la tragó.
Después otra.
Y otra.
Y otra.
El video avanzó.
Durante casi cuarenta minutos.
Mi suegra le dio los imanes mezclados con cucharadas de yogur.
Uno.
Tras otro.
Hasta completar treinta y seis.
La sala quedó completamente en silencio.
Nadie respiraba.
Ricardo seguía mirando la pantalla.
Como si su cerebro se negara a aceptar lo que acababa de ver.
Yo tampoco podía moverme.
Recordé la frase de Sofía aquella madrugada.
“Los pescaditos me están mordiendo.”
Porque eso mismo le había dicho su abuela.
Teresa comenzó a temblar.
—Yo…
—Yo no sabía…
El oficial la interrumpió.
—Acaba de observarse una conducta que requiere investigación inmediata.
Ella rompió a llorar.
—¡Solo quería que se calmara!
—Esas bolitas siempre estaban sobre el escritorio de Ricardo.
Todos giramos hacia mi esposo.
Él abrió mucho los ojos.
—Son imanes de una maqueta industrial.
—Jamás imaginé…
No terminó la frase.
Porque el video aún no había acabado.
Diez minutos después apareció otra escena.
Teresa tomó el teléfono.
Marcó un número.
La llamada quedó registrada también por el micrófono ambiental.
—Ricardo…
La voz de mi esposo respondió desde el altavoz.
—¿Sí, mamá?
—Ya se tragó casi todos.
Mi corazón dejó de latir por un instante.
Ricardo guardó silencio.
Después preguntó algo que hizo que incluso los policías se miraran entre ellos.
—¿Valeria vio algo?
Teresa respondió inmediatamente.
—No.
—Está en el banco.
—Perfecto.
—Entonces no le digas nada.
—Si la niña empieza a vomitar, dices que encontró algo jugando.
El oficial detuvo el video.
Nadie habló.
Yo levanté lentamente la vista hacia Ricardo.
Él estaba completamente blanco.
Negaba con la cabeza.
—No…
—No se entiende el contexto…
Pero el oficial ya se había puesto de pie.
—Señor Ricardo…
—Necesitamos que nos acompañe.
Mientras un agente se acercaba con las esposas, otro seguía revisando el respaldo de la cámara.
De pronto llamó al oficial.
—Jefe…
Hay otro archivo.

Es del día anterior.
Y según la hora…
Fue exactamente cuando comenzaron a darle los primeros “pescaditos” a la niña.