PARTE 2: EL IMPERIO CAMBIÓ DE DUEÑO.

El silencio se volvió insoportable.

Mateo seguía arrodillado sobre el frío mármol mientras observaba el sello de jade negro entre las manos de Elena.

—Eso… eso es imposible —susurró con la voz quebrada.

El abogado dejó una carpeta sobre la mesa.

—Toda la documentación está registrada desde hace ocho años. La señora Elena Su ocultó deliberadamente su identidad para administrar el Grupo Su One mediante representantes legales.

Sofía negó desesperadamente.

—¡Está mintiendo! ¡Ella no puede ser Su One!

El abogado sonrió con frialdad.

—La junta directiva mundial ya ha confirmado su identidad.

Uno de los guardaespaldas encendió la enorme pantalla del salón.

En segundos aparecieron los rostros de los doce directores internacionales.

Todos se pusieron de pie al mismo tiempo.

—Bienvenida de nuevo, presidenta Su One.

Mateo sintió que el mundo se derrumbaba.

Recordó cada humillación.

Cada insulto.

Cada ocasión en la que llamó inútil a la mujer que ahora descubría era la persona que había financiado en secreto todas sus empresas.

—No… por favor…

Elena caminó lentamente hasta quedar frente a él.

Su mirada ya no tenía amor.

Solo quedaba una tranquilidad aterradora.

—Cuando nos casamos, tu empresa estaba al borde de la quiebra.

Mateo levantó lentamente la cabeza.

—Los contratos llegaron gracias a mí.

—Las inversiones llegaron gracias a mí.

—Los bancos aceptaron refinanciar tus deudas porque yo lo ordené.

Cada frase era como un martillo golpeando su conciencia.

Sofía retrocedió varios pasos.

—Hermana… yo…

—No me llames hermana.

La voz de Elena fue tan fría que toda la habitación quedó inmóvil.

—Mientras tú robabas mis joyas y compartías mi cama con mi esposo, yo observaba cuánto tardaban en mostrar su verdadera naturaleza.

Mateo comenzó a llorar.

—Perdóname… todavía podemos empezar otra vez.

Elena soltó una pequeña risa.

—¿Empezar?

Sacó otro documento de la carpeta.

—Este es el verdadero motivo por el que regresé.

El abogado respiró profundamente antes de hablar.

—Hace treinta minutos, el Grupo Su One adquirió el ciento por ciento de las acciones de todas las compañías de la familia Mateo.

Los teléfonos comenzaron a sonar sin descanso.

Los directores llamaban desesperados.

Los inversionistas retiraban su dinero.

Las acciones caían a una velocidad histórica.

En menos de cinco minutos, el imperio que Mateo presumía ante todos dejó oficialmente de existir.

Pero cuando Elena estaba a punto de abandonar la mansión, un anciano apareció en la puerta apoyado en un bastón.

Al verla, cayó de rodillas.

—Perdónanos, señorita… hemos encontrado la prueba de quién asesinó realmente a sus padres.

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