Gabriel apretó con fuerza a Mateo contra su pecho.
Arturo ya sostenía una escopeta de cacería descargada.
No buscaba disparar.
Solo ganar unos segundos.
La puerta terminó de abrirse lentamente.
Un hombre de cabello completamente blanco levantó ambas manos antes de entrar.
Detrás de él caminaban dos mujeres mayores y un joven vestido con uniforme de la Fiscalía General de la República.
Procopio dejó escapar el aire.
—Gracias a Dios… llegaron ustedes.
Gabriel no bajó la guardia.
—¿Quiénes son?
El anciano dio un paso al frente.
—Me llamo Ignacio Álvarez.
Miró directamente a Gabriel.
—Y hace cuarenta años le prometí a tu abuelo Tomás que, si algún día su familia volvía a necesitar ayuda, acudiría sin preguntar.
El nombre de Tomás bastó para que Arturo bajara lentamente el arma.
Ignacio abrió una vieja cartera de piel.
Sacó una fotografía amarillenta.
En ella aparecían Tomás Barragán e Ignacio, mucho más jóvenes, con uniforme militar y barro hasta las rodillas.
Detrás de ambos podía verse una bandera mexicana.
Gabriel sintió un nudo en la garganta.
Su abuelo nunca hablaba de aquella época.
Solo repetía una frase.
“Cuando el agua esté turbia, busca primero a Ignacio.”
El anciano sonrió con tristeza.
—Tomás me salvó la vida dos veces.
Ahora me toca devolver la deuda.
El joven de la Fiscalía colocó una carpeta sobre la mesa.
—Señor Barragán.
Sabemos quién es Eduardo Salcedo.
Y también sabemos que controla policías municipales, funcionarios y varios medios regionales.
Gabriel frunció el ceño.
—Entonces ya perdimos.
El agente negó lentamente.
—No.
Abrió la carpeta.
Había fotografías satelitales.
Órdenes judiciales.
Transferencias bancarias.
Y nombres.
Muchos nombres.
—Durante tres años la Unidad Especial Anticorrupción investigó discretamente al consorcio Salcedo.
Pero nunca conseguimos a alguien que hubiera visto directamente cómo operaban.
Miró a Nicolás.
—Hasta ahora.
Nicolás respiró con dificultad.
Todavía tenía el brazo inmovilizado.
—Tengo copias de todo.
Don Eduardo creyó que las había destruido.
Ignacio sonrió.
—Tomás también decía que un Barragán jamás lleva una sola copia de aquello que puede costarle la vida.
Nicolás asintió.
—Las originales nunca estuvieron en la oficina.
Las escondí meses antes.
Gabriel levantó la vista.
—¿Dónde?
Su hijo respondió con una leve sonrisa.
—En el único lugar donde mi suegro jamás buscaría.
Mateo, que permanecía abrazado a su abuelo, señaló tímidamente un pequeño camión de juguete.
Gabriel comprendió de inmediato.
El niño había jugado durante meses llevando aquel juguete a todas partes.
Nadie imaginó que dentro del compartimiento oculto viajaba una memoria encriptada.
Nicolás la abrió lentamente.
La conectó a la computadora.
Miles de documentos aparecieron en la pantalla.
Facturas falsas.
Empresas fantasma.
Sobornos.
Exportaciones inexistentes.
Incluso existían grabaciones de reuniones privadas entre Eduardo Salcedo y funcionarios públicos.
El agente permaneció inmóvil.
—Con esto podemos solicitar órdenes federales.
Ignacio apenas comenzaba a respirar con alivio cuando uno de los teléfonos seguros vibró.
El agente contestó.
Su expresión cambió por completo.
—¿Qué ocurre?
Del otro lado hablaron durante casi un minuto.
Después colgó lentamente.
—Nos encontraron.
Gabriel sintió cómo todo el cuerpo se tensaba.
—¿Cómo?
—Acaban de localizar tres camionetas del grupo de Salcedo rodeando el camino principal.
Procopio abrió el mapa de la región.
—Todavía existe una salida por el bosque.
Ignacio negó.
—No llegaríamos.
Son demasiados.
En ese instante comenzaron a escucharse motores.
Muchos motores.
No uno.
Ni dos.
Una caravana completa.
Las luces iluminaron las ventanas de la cabaña.
Eduardo Salcedo descendió de la primera camioneta.
Traía un megáfono en la mano.
—¡Gabriel!
Su voz retumbó entre los árboles.
—Entrégame a Nicolás y al niño.
Olvidaremos todo lo ocurrido.
Nadie respondió.
Eduardo continuó hablando.

—Si no salen…
Quemaré esta cabaña con todos ustedes adentro.
Mateo comenzó a temblar.
Gabriel lo abrazó con más fuerza.
Ignacio miró tranquilamente por la ventana.
Después sonrió.
Aquella reacción desconcertó incluso a Arturo.
—¿Por qué sonríe?
El anciano observó el reloj.
—Porque Eduardo cree que vino a cazar.
Hizo una pausa.
Luego levantó la vista hacia Gabriel.
—Pero olvidó un pequeño detalle.
—¿Cuál?
Ignacio respondió con absoluta serenidad.
—Mientras él reunía a sus hombres…
Yo ya había reunido a los míos.
En ese mismo instante, desde lo alto de la montaña comenzaron a encenderse decenas de luces.
No eran vehículos de los Salcedo.
Eran camionetas oficiales.
Y detrás de ellas descendían lentamente más de un centenar de agentes federales con órdenes de cateo y captura recién firmadas.