PARTE 2
El rugido volvió a escucharse.
Esta vez era mucho más cercano.
No parecía el ladrido de ningún perro.
Era un sonido grave, áspero y completamente antinatural.
Toda la calle quedó en silencio.
Los curiosos dejaron de grabar.
Incluso los policías que acababan de llegar dirigieron sus linternas hacia el callejón del parque.
Tomás apretó mi mano con todas sus fuerzas.
—Mamá… tengo miedo.
Lo abracé de inmediato mientras intentaba mantener la calma.
Mi madre seguía inmóvil.
Conocía esa expresión.
Durante más de treinta años había trabajado en salas de urgencias.
Había visto ataques de perros, accidentes terribles y tragedias imposibles de olvidar.
Pero jamás la había visto tan preocupada.
—Esa herida no corresponde a un perro doméstico —susurró sin apartar la vista del callejón.
Un oficial se acercó rápidamente.
—Señora, necesitamos que todos retrocedan.
La zona queda acordonada.
Antes de que pudiera terminar la frase, un hombre salió corriendo desde el parque.
Su ropa estaba completamente rasgada.
Tenía profundas marcas de mordidas en la espalda y el hombro.
—¡Cierren las entradas! ¡Todavía sigue ahí! —gritaba desesperado.
Cayó de rodillas apenas alcanzó la calle.
Dos agentes corrieron para auxiliarlo.
El hombre apenas podía respirar.
—No era un perro…
Su voz apenas era un hilo.
—Era enorme… y atacó sin hacer ningún ruido.
Los presentes comenzaron a retroceder.
El pánico se extendía de persona en persona.
Una madre tomó a sus dos hijos y salió corriendo.
Los comerciantes cerraban apresuradamente las persianas de sus negocios.
Las luces de varias casas comenzaron a apagarse.
Entonces ocurrió algo todavía más inquietante.
Desde el interior del parque comenzaron a escucharse ladridos.
No uno.
Decenas.
Cada vez más fuertes.
Cada vez más cercanos.
Los policías desenfundaron sus armas.
Las linternas iluminaron los árboles.
Durante unos segundos no apareció nada.
Solo oscuridad.
Después, dos ojos amarillos brillaron entre los arbustos.
Luego otros dos.
Y otros más.
La respiración de todos se detuvo.
Mi madre dio un paso hacia atrás.
—No miren solo al frente…
Su voz sonó firme pese al miedo.
—Nos están rodeando.
En ese instante, todas las luces del parque se apagaron al mismo tiempo.
La avenida quedó sumida en una oscuridad casi absoluta.
Solo las luces intermitentes de las patrullas y de la ambulancia iluminaban la escena.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Porque desde la oscuridad comenzaron a aparecer lentamente varias siluetas.
No corrían.

No ladraban.
Solo avanzaban hacia nosotros con un silencio imposible de explicar.
Y entre todas ellas, una figura mucho más grande levantó lentamente la cabeza, como si estuviera observándonos antes de decidir quién sería su próxima víctima.