Carlos quedó completamente inmóvil.
—¿Cancelar el contrato?
El empresario asintió con serenidad.
—A partir de este momento.
El rostro del magnate perdió todo el color.
—¿Estás bromeando?
—Jamás bromeo con el respeto hacia mis trabajadores.
La multitud guardó silencio.
Mateo seguía sosteniendo la bolsa de basura sin decir una palabra.
El empresario caminó hasta él.
Le dio una palmada en el hombro.
—Gracias por representar los valores que esta empresa debería defender siempre.
Carlos soltó una risa nerviosa.
—¿Vas a perder un contrato de cientos de millones por culpa de un barrendero?
El empresario lo miró fijamente.
—No.
Hizo una breve pausa.
—Lo pierdes por tu propia conducta.
En ese momento, varias personas comenzaron a acercarse.
Un repartidor levantó la mano.
—Yo grabé toda la discusión.
Una estudiante mostró su teléfono.
—Yo también.
Un taxista intervino.
—Hay al menos diez videos desde distintos ángulos.
Carlos empezó a comprender que ya no podía controlar la situación.
Intentó cambiar de tono.
—Fue un malentendido.
Mateo negó lentamente.
—No.
—Fue una elección.
El empresario pidió uno de los teléfonos.
Reprodujo el video delante de todos.
La grabación mostraba claramente a Carlos arrojando el vaso al suelo, insultando al trabajador y amenazándolo con despedirlo.
No había forma de negarlo.
En ese instante sonó el teléfono del empresario.
Contestó delante de todos.
Escuchó durante unos segundos.
Después sonrió.
—Entendido.
Colgó la llamada.
Carlos respiró aliviado.
—Supongo que han reconsiderado el contrato.
El empresario negó con calma.
—Era el consejo de administración.
Todos esperaron su respuesta.
—Acaban de aprobar por unanimidad la rescisión definitiva de todos los contratos con tu grupo empresarial.
Carlos sintió que las piernas le fallaban.
—No pueden hacer eso.
El empresario lo miró con firmeza.
—Nuestros clientes exigen trabajar con compañías que respeten a las personas.
La anciana que había defendido a Mateo dio un paso al frente.
—Hoy has ensuciado mucho más que una acera.
Los aplausos comenzaron a llenar la avenida.
Carlos caminó lentamente hacia su automóvil.
Nadie intentó detenerlo.
Antes de subir, su chofer habló por primera vez en diez años.
—Señor…
Carlos levantó la vista.
—¿Qué?
El conductor dejó las llaves sobre el asiento.
—Renuncio.
El magnate quedó solo junto al vehículo.
Creía que lo peor había terminado.
Pero el director jurídico de la corporación llegó corriendo con una carpeta.
—Acabamos de revisar la auditoría de sus contratos.
El empresario abrió el expediente.
Su expresión cambió de inmediato.

—¿Qué encontraron?
El abogado señaló una serie de facturas.
—Durante cinco años, la empresa de Carlos cobró millones por servicios de limpieza urbana… que nunca se realizaron.
Mateo reconoció uno de los nombres impresos en aquellas órdenes de trabajo.
Era el barrio donde había crecido.
El lugar donde, durante años, los propios vecinos limpiaban las calles porque el servicio contratado jamás aparecía.
Y todas las facturas llevaban la misma firma.
La de Carlos.