PARTE 2: LA COPA ENVENENADA.

El emperador llevó una mano al pecho.

Un dolor abrasador recorrió todo su cuerpo.

La copa de vino cayó al suelo y el cristal estalló en mil pedazos.

El salón entero quedó paralizado.

—¡Proteged a Su Majestad! —gritó el comandante de la Guardia Imperial.

Los soldados rodearon el trono con las espadas desenvainadas.

La emperatriz corrió hacia el emperador fingiendo desesperación.

—¡Llamad al médico imperial! ¡Deprisa!

Pero antes de que pudiera acercarse, una anciana sirvienta se arrodilló frente al trono.

—¡No deje que ella lo toque!

Todos quedaron atónitos.

La mujer llevaba más de cuarenta años sirviendo en el palacio y jamás había levantado la voz.

La emperatriz la fulminó con la mirada.

—¿Te has vuelto loca?

La anciana temblaba.

—El veneno no estaba en el vino… estaba en el humo del incensario.

El silencio se hizo absoluto.

El emperador levantó lentamente la vista.

—¿Cómo lo sabes?

La sirvienta sacó un pequeño pañuelo de seda.

Dentro había un polvo gris oscuro.

—Lo encontré esta mañana mientras limpiaba los aposentos reales.

El médico imperial tomó una muestra.

Su expresión cambió de inmediato.

—Es Veneno del Loto Negro.

Los ministros retrocedieron horrorizados.

Aquel tóxico estaba prohibido desde hacía más de cien años.

Solo la familia imperial conocía su fórmula.

Eso significaba una sola cosa.

El culpable pertenecía al círculo más cercano del emperador.

La emperatriz sonrió con aparente serenidad.

—Una simple criada no puede acusar a la Corona.

Entonces el artesano, que seguía arrodillado y rodeado por los guardias, levantó la cabeza.

—Yo construí ese incensario por orden de alguien.

Todos giraron hacia él.

—¿Quién te dio la orden? —preguntó el emperador con voz débil.

El hombre cerró los ojos.

—Me obligaron a guardar silencio bajo amenaza de matar a mi familia.

Sacó lentamente un pequeño sello de jade escondido entre sus ropas.

El sello cayó sobre el mármol con un sonido seco.

El comandante lo recogió y palideció al verlo.

No pertenecía al emperador.

Tampoco a la emperatriz.

Era el sello personal del príncipe heredero.

La respiración de todos se detuvo.

El heredero, que permanecía en silencio junto a las columnas del salón, dio un paso al frente.

—Ese sello fue robado hace meses.

Pero antes de que pudiera defenderse, una voz anciana resonó desde la entrada del palacio.

—No mientas más.

Las enormes puertas se abrieron lentamente.

Un hombre cubierto con una capa negra apareció apoyado en un bastón.

Al verlo, el emperador abrió los ojos con incredulidad.

—¿Tú…?

Los ministros cayeron inmediatamente de rodillas.

Porque el hombre que acababa de regresar del supuesto exilio… era el anterior Gran Canciller, declarado muerto hacía diez años.

Y traía en sus manos el decreto original que revelaba quién era el verdadero heredero del trono.

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