Parte 2: LA MUJER QUE CREYÓ GANARLO TODO… Y EL DÍA EN QUE LO PERDIÓ PARA SIEMPRE

Adrian no respondió de inmediato.

Sus ojos permanecieron clavados en la fotografía del hombre rubio.

Luego bloqueó lentamente la pantalla del teléfono.

—Es Daniel.

—¿Mi otro hermano?

Intenté contener la sonrisa.

Él negó con la cabeza.

—Es mi mejor amigo.

Incliné la cabeza con fingida curiosidad.

—Es muy guapo.

La mandíbula de Adrian se tensó.

—Emma…

—¿Sí, hermano?

Pronuncié aquella última palabra con tanta naturalidad que, por primera vez desde el accidente, perdió completamente el control de sus emociones.

Se levantó bruscamente.

—No vuelvas a llamarme así.

Lo miré con aparente desconcierto.

—¿Por qué?

Si eres mi hermano…

¿No debería llamarte hermano?

Él abrió la boca.

No encontró ninguna respuesta.

Porque toda aquella mentira la había construido él.


Al día siguiente apareció Daniel.

Era exactamente igual que en las fotografías.

Alto.

Relajado.

Con esa clase de sonrisa que hacía sentir cómoda a cualquier persona.

Entró en mi habitación con un ramo de tulipanes.

—Así que tú eres Emma.

Asentí.

—Y tú eres el amigo guapísimo de mi hermano.

Daniel soltó una carcajada.

Miró a Adrian.

Después volvió a mirarme.

Algo en su expresión cambió.

Como si hubiera entendido inmediatamente que había algo profundamente extraño en toda aquella situación.


Durante los días siguientes seguí interpretando mi papel.

Preguntaba a Adrian por Claire.

Lo ayudaba a llevarle flores.

Incluso fingía alegrarme cuando los veía juntos.

Pero también hacía otra cosa.

Observaba.

Escuchaba.

Memorizaba.

Descubrí que Adrian jamás llamaba a Claire “amor” cuando pensaba que nadie lo observaba.

Nunca la besaba.

Dormía todas las noches en el sofá del hospital.

Y cada vez que salía de la habitación de Claire…

Terminaba caminando hasta la puerta de la mía.

Permanecía allí varios minutos.

En silencio.

Sin entrar.


Una tarde Daniel apareció otra vez.

Traía café.

Esperó a que Adrian saliera para responder una llamada.

Entonces se sentó frente a mí.

—No tienes amnesia.

No era una pregunta.

Lo miré unos segundos.

Después sonreí.

—¿Tan evidente es?

Él negó lentamente.

—No.

Pero llevo veinte años siendo amigo de Adrian.

Y jamás lo había visto mirar a nadie como te mira a ti.

Bajé la vista.

Daniel continuó.

—¿Por qué finges?

Respiré hondo.

—Porque quería gastarle una broma.

Su expresión pasó de la sorpresa a la incredulidad.

Le conté todo.

El accidente.

Mi actuación.

La mentira de Adrian.

Claire.

El falso matrimonio.

Cuando terminé, Daniel permaneció completamente callado.

Finalmente dijo algo que jamás olvidaré.

—Los dos empezaron mintiendo.

Pero solo uno decidió convertir esa mentira en una nueva vida.


Aquella misma noche regresé sola a nuestra casa.

Tenía llave.

Por supuesto.

Entré en el dormitorio.

Abrí el cajón derecho.

Allí seguía nuestro certificado de matrimonio.

Nuestro álbum de bodas.

Las cartas que Adrian me escribía cuando aún éramos novios.

Todo seguía exactamente igual.

Solo había una diferencia.

Ahora sabía que un hombre podía conservar todos los recuerdos de un matrimonio…

Mientras intentaba vivir otro.

Entonces encontré algo inesperado.

Una carpeta médica.

No pertenecía a Claire.

Era de Adrian.

Había comenzado terapia psicológica ocho meses atrás.

Leí únicamente la primera página.

“Paciente con intenso sentimiento de culpa relacionado con una promesa realizada años atrás.”

“Presenta incapacidad para elegir entre el deber moral y el compromiso matrimonial.”

Cerré lentamente la carpeta.

Por primera vez comprendí que Adrian no había dejado de amarme.

Simplemente nunca había aprendido a decir que no.


Dos días después decidí terminar la farsa.

Entré en la habitación donde estaban Adrian y Claire.

Los dos levantaron la vista.

Sonreí.

Después dije con absoluta tranquilidad:

—Ya recuperé toda la memoria.

Nadie habló.

Claire comenzó a llorar antes incluso que Adrian.

—Lo siento…

Susurró.

—Yo nunca quise quitarte a tu esposo.

La miré sorprendida.

—¿Sabías quién era yo?

Asintió lentamente.

—Desde el primer día.

Sentí un vacío enorme.

Adrian cerró los ojos.

—La culpa fue mía.

No respondió nadie más.

Él continuó hablando.

—Cuando creí que realmente habías perdido la memoria…

Pensé que podía cumplir la promesa que le hice al padre de Claire sin destruirte.

Respiré profundamente.

—No.

Destruiste algo mucho más importante.

Levantó la vista.

—La confianza.


Un mes después falleció Claire.

Asistí al funeral.

No por Adrian.

Sino por ella.

Antes de morir me tomó la mano.

—Nunca fui su esposa.

Solo fui el error que él nunca supo cerrar.

Lloré junto a su tumba.

Porque comprendí que ninguno de los tres había ganado.

Todos habíamos perdido algo.


Seis meses más tarde, Adrian volvió a buscarme.

Traía en las manos nuestro viejo álbum de bodas.

—No vengo a pedirte que regreses.

Solo quiero devolverte lo único que nunca debí arrebatarte.

Me entregó el álbum.

Dentro había una nota escrita de su puño y letra.

“Perdóname por convertir tu broma en la peor verdad de nuestra historia.”

Lo abracé.

No como esposa.

Ni como amante.

Ni como alguien que estuviera dispuesta a empezar otra vez.

Lo abracé como se despide una parte importante de la vida.

Después seguí caminando.

Porque comprendí demasiado tarde que el amor puede sobrevivir a muchas cosas.

A la enfermedad.

A la distancia.

Incluso al tiempo.

Pero muy pocas veces consigue sobrevivir a una mentira que ambos decidieron alimentar.

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