Graciela dejó de sonreír.
Mauricio, en cambio, intentó conservar la calma. Salió completamente a la terraza, se acomodó el cuello de la camisa y abrió los brazos como si aquella invasión fuera un pequeño malentendido doméstico.
—Valeria, estás cansada por el viaje. Entremos y hablamos en privado.
—Mis padres también entrarán.
Graciela se interpuso frente a la puerta.
—Aquí ya no hay habitaciones disponibles.
Valeria miró por encima de su hombro. A través de las ventanas abiertas distinguió las cortinas nuevas, las mesas numeradas y una máquina de cobro junto a la cocina.
—Curioso —dijo—. Compré seis habitaciones para mi familia y ahora resulta que debo reservar una.
Una mujer con sombrero de playa levantó la mano desde la terraza.
—Disculpe, nosotros pagamos una semana completa. La señora Graciela nos aseguró que era la propietaria.
Varias cabezas se giraron.
Graciela se puso roja.
—No tienes que dar explicaciones a los huéspedes.
—No son huéspedes —respondió Valeria—. Son personas a quienes cobraste por ocupar una propiedad que no te pertenece.
Mauricio bajó la voz.
—Amor, mamá necesitaba dinero. Solo alquilamos unas habitaciones durante la temporada alta. Pensábamos devolverte todo cuando regresaras.
—¿Cuánto?
—¿Cuánto qué?
—¿Cuánto dinero han cobrado?
Él apartó la mirada.
Valeria sacó el teléfono y fotografió el letrero de entrada, las tarifas de la cocina y las pulseras que llevaban los visitantes.
Graciela avanzó para arrebatarle el aparato.
—¡No tomes fotos dentro de mi casa!
Valeria levantó los ojos lentamente.
—Repítelo.
—Dije que esta es mi casa.
Teresa tomó el brazo de su hija.
—Vámonos, Valeria. No queremos causarte problemas.
Aquellas palabras le dolieron más que los insultos.
Su madre estaba siendo expulsada del regalo que había inspirado con toda una vida de sacrificios y todavía temía convertirse en una carga.
Valeria apretó su mano.
—Mamá, tú no has causado nada.
Después miró a Rogelio. Seguía pálido y respiraba con dificultad.
—Papá, ¿desde cuándo te sientes así?
—Estoy bien, hija.
—No está bien —intervino Teresa—. Tuvo un dolor fuerte cuando esa señora empujó su maleta y cayó contra la banca.
El rostro de Valeria cambió.
—¿Lo empujaste?
—Yo no lo toqué —respondió Graciela—. Si se tambalea por cualquier cosa, no es culpa mía.
Valeria marcó el número de emergencias.
Mauricio intentó detenerla.
—No exageres. Si llega una ambulancia, los huéspedes pedirán reembolsos.
Valeria lo miró como si acabara de descubrir que el hombre frente a ella era un desconocido.
—Mi padre tiene dolor en el pecho y tú estás preocupado por reembolsos.
Mauricio abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Mientras esperaban la ambulancia, Valeria condujo a sus padres hasta una silla bajo la sombra. Después volvió al automóvil y sacó una carpeta de cuero oscuro.
Graciela cruzó los brazos.
—¿Ese es tu famoso documento?
—Es una copia certificada de la escritura.
—Puedes imprimir lo que quieras.
Valeria abrió la carpeta y mostró la primera página.
Allí estaba su nombre completo:
VALERIA SALGADO MONTES, PROPIETARIA ÚNICA.
Mauricio se acercó con brusquedad.
—Guarda eso.
—¿Por qué? ¿No querías evitar un escándalo?
Una de las turistas comenzó a grabar con su teléfono.
Otro hombre preguntó:
—Entonces, ¿la señora nos alquiló una casa ajena?
—Eso parece —respondió Valeria.
Los murmullos crecieron.
Graciela señaló a su nuera.
—Aunque esté a tu nombre, Mauricio es tu esposo. La propiedad también es de él.
—La compré con fondos obtenidos antes y durante mis contratos internacionales, depositados en una cuenta patrimonial separada. Y firmamos capitulaciones matrimoniales.
Mauricio palideció.
Su madre lo miró.
—Dijiste que la casa era de los dos.
—Técnicamente…
—Técnicamente nada —lo cortó Valeria—. Tú no eres propietario, copropietario ni administrador autorizado.
La sirena de la ambulancia se escuchó al final de la calle.
Los paramédicos entraron y examinaron a Rogelio. Uno de ellos informó que debían trasladarlo al hospital para descartar un problema cardíaco.
Valeria ayudó a su madre a subir.
—Voy con vosotros —dijo.
Antes de cerrar la puerta, se volvió hacia los turistas.
—Nadie será expulsado hoy. Conservaré sus comprobantes y revisaré cada pago. Pero no entreguen un peso más.
—¡No puedes dirigir mi negocio! —gritó Graciela.
Valeria bajó de nuevo de la ambulancia.
—Acabas de llamarlo tu negocio.
Graciela comprendió demasiado tarde su error.
—No quise decir…
—Gracias. La grabación será útil.
Mauricio miró los teléfonos levantados alrededor del patio.
—Valeria, por favor. Podemos arreglarlo.
—Tuvimos un mes para hablar. Preferiste mentirme.
—Lo hice para ayudar a mi madre.
—Usaste la casa destinada a mis padres. Permitiste que fueran humillados. Y ahora descubro que sacaron documentos de mi oficina.
Howard no estaba allí. No había sido él quien había cargado las cajas. Sin embargo, una puerta lateral permanecía abierta y, detrás, Valeria distinguió el pequeño estudio donde había guardado la escritura original.
La cerradura estaba rota.
—¿Qué buscaban en mi despacho?
Mauricio se colocó delante de la puerta.
—Nada.
—Apártate.
—Ahora no es el momento.
Valeria no discutió. Tomó otra fotografía y regresó a la ambulancia.
—Tienes hasta que vuelva del hospital para sacar a tu madre y entregar todas las cuentas.
Graciela soltó una carcajada.
—¿Y si no quiero?
—Entonces vendrá la autoridad.
Las puertas de la ambulancia se cerraron.
Mientras el vehículo se alejaba, Teresa sostuvo la mano de su hija.

—Perdóname —susurró—. Creímos que Mauricio había rentado la casa para nosotros. Cuando llegamos, su madre dijo que tú habías cambiado de opinión.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—Yo nunca cambiaría de opinión sobre vosotros.
—Nos mostró un mensaje.
—¿Qué mensaje?
Teresa sacó del bolsillo una hoja doblada. Era una captura impresa de una conversación supuestamente enviada desde el teléfono de Valeria.
“Mis padres no pueden quedarse. La casa se utilizará como inversión. Que regresen a su pueblo.”
Valeria observó la fecha.
El mensaje había sido enviado durante una noche en la que ella se encontraba en medio del Pacífico, sin cobertura.
—Yo no escribí esto.
Rogelio abrió los ojos.
—Entonces alguien quería que creyéramos que ya no nos querías aquí.
En el hospital confirmaron que había sufrido una crisis provocada por el estrés, pero que se encontraba estable. Teresa permaneció a su lado mientras Valeria salía al pasillo para llamar a la notaría.
Necesitaba cambiar cerraduras, revocar cualquier autorización y denunciar la explotación comercial.
La asistente del notario tardó demasiado en responder.
—Señora Salgado, precisamente intentábamos localizarla.
—¿Por qué?
—Esta mañana recibimos una solicitud para registrar una modificación sobre la propiedad de Bucerías.
Valeria sintió que la carpeta se volvía pesada entre sus manos.
—Yo no solicité ninguna modificación.
—La solicitud llevaba su firma certificada.
—Eso es imposible.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—También incluía una copia de su identificación y un poder otorgado a favor de su esposo.
Valeria cerró los ojos.
Ahora comprendía por qué Mauricio había entrado en su oficina.
—No autoricen nada. Voy para allá.
—Señora Salgado, hay algo más.
La voz de la asistente descendió hasta convertirse en un susurro.
—La solicitud ya fue presentada ante el registro.
—¿A nombre de quién intentan transferir la casa?
Escuchó el sonido de varias hojas.
Cuando la mujer respondió, Valeria sintió que el suelo se inclinaba.
—No intentan transferirla a su esposo.
—Entonces, ¿a quién?
—A una sociedad turística creada hace tres semanas.
—¿Quién figura como administradora?
La asistente pronunció el nombre con cuidado.
—Teresa Montes. Su madre.
Valeria giró hacia la habitación del hospital.
A través del cristal vio a Teresa sentada junto a Rogelio, acariciándole la mano.
Entonces su teléfono vibró.
Era un mensaje de Mauricio.
Contenía una fotografía tomada desde el interior de la casa. Sobre la mesa estaban la escritura original, el pasaporte de Valeria y un contrato que ella nunca había visto.
Debajo había una sola frase:
“Si denuncias a mi madre, la persona que irá a prisión será la tuya.”