Parte 2: LA DEUDA OCULTA QUE LO DEJÓ SIN ESCAPATORIA

Teresa sostuvo el trapeador durante unos segundos.

Después lo dejó apoyado contra la pared.

No levantó la voz.

No discutió.

Solo caminó hasta donde estaba Valeria y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

Aquello bastó para que viera todo lo que su hija llevaba meses intentando esconder.

Las ojeras.

Las manos resecas de empacar pedidos hasta la madrugada.

Los dedos llenos de pequeñas cortaduras del cúter.

Y el temblor con el que sostenía a Mateo.

Sin decir una palabra, Teresa sacó discretamente el sobre que llevaba en el bolso.

Lo deslizó dentro del bolsillo del delantal de su hija.

—Mamá…

—Guárdalo.

Valeria negó con la cabeza.

—Lo necesitas tú.

Teresa sonrió con tristeza.

—Yo todavía sé trabajar.

Tú ya llevas demasiado tiempo sobreviviendo.

Después miró alrededor del departamento.

El sofá estaba cubierto de latas de refresco.

Había cajas de videojuegos abiertas.

Tres platos sucios permanecían sobre la mesa desde la noche anterior.

Mientras tanto, Mauricio seguía gritando desde la cocina.

—¡¿Y mis sándwiches?!

Teresa respondió con absoluta calma.

—Valeria.

—Sí, mamá.

—Empieza a preparar las maletas.

Toda la casa quedó en silencio.

Mauricio apareció en la puerta con una expresión incrédula.

—¿Perdón?

Teresa lo miró por primera vez desde que había llegado.

—Este departamento sigue siendo mío.

—Y mi hija ya no va a vivir aquí contigo.

Mauricio soltó una carcajada.

—¿Ahora resulta que usted decide sobre nuestro matrimonio?

Teresa mantuvo la serenidad.

—No.

—Solo decido quién vive en mi propiedad.

El rostro de Mauricio cambió.

—No puede echarnos.

—Claro que puedo.

Sacó una carpeta azul del bolso.

—Aquí está la escritura.

Mi nombre nunca dejó de aparecer como única propietaria.

Mauricio intentó recuperar la seguridad.

—Valeria no se va a ninguna parte.

Miró a su esposa.

—¿Verdad?

Valeria permaneció inmóvil.

Durante años había soportado comentarios.

Humillaciones.

Promesas de que todo cambiaría “cuando llegara el siguiente proyecto”.

Pero aquella mañana vio a su madre sosteniendo el peso que ella ya no podía cargar.

Y entendió que no estaba sola.

Se dio la vuelta.

Entró al dormitorio.

Abrió el armario.

Sacó una maleta.

Mauricio quedó completamente paralizado.

—¿Qué estás haciendo?

Ella respondió sin dejar de doblar la ropa de Mateo.

—Lo que debí hacer hace mucho tiempo.


Dos horas después, mientras Teresa ayudaba a bajar las cajas al automóvil, sonó el timbre.

Un hombre de traje esperaba en la entrada.

—¿El señor Mauricio Salinas?

Él apareció molesto.

—¿Quién lo busca?

—Licenciado Rafael Ibáñez.

Represento al Banco Nacional Empresarial.

Mauricio palideció apenas escuchó el nombre.

—Debe haber un error.

El abogado abrió una carpeta.

—No lo hay.

Necesitamos hablar sobre el crédito número 7843.

Valeria levantó la vista.

—¿Qué crédito?

Mauricio respondió demasiado rápido.

—Nada importante.

Pero el abogado ya había comenzado a leer.

—Préstamo personal por $186,000, otorgado hace once meses.

Sesenta y cuatro pagos vencidos.

Intereses acumulados.

Incumplimiento contractual.

Teresa frunció el ceño.

—¿Qué préstamo?

Valeria miró a su esposo.

—Me dijiste que no debías dinero.

Mauricio comenzó a sudar.

—Era para invertir.

—¿Invertir dónde?

Silencio.

El abogado respondió por él.

—Según la documentación entregada al banco…

Pasó una hoja.

—El dinero fue utilizado para la compra de equipo informático de alta gama, consolas, mobiliario gamer y gastos personales.

Valeria sintió que el estómago se cerraba.

Recordó cada ocasión en que Mauricio decía no tener dinero para pañales.

Cada vez que ella pagó la fórmula con las ganancias de su pequeño negocio.

Cada recibo de luz que su madre había terminado cubriendo.

Mientras él debía casi doscientos mil dólares.

—Eso no es todo —continuó el abogado.

Sacó otro documento.

—Existe un segundo problema.

Miró directamente a Teresa.

—Como domicilio de garantía aparece este departamento.

Todos quedaron inmóviles.

Teresa dio un paso adelante.

—Eso es imposible.

—Yo jamás firmé ninguna garantía.

El abogado revisó nuevamente el expediente.

—Aquí aparece una autorización notarial.

Mostró la copia.

Teresa tomó el papel.

Bastó un segundo para reconocer la firma.

No era la suya.

Era una imitación.

Muy buena.

Pero falsa.

Su experiencia de treinta años como contadora le permitió verlo inmediatamente.

Levantó lentamente la vista.

—Mauricio…

Él ya no podía sostenerle la mirada.

—¿Falsificaste mi firma?

Nadie respondió.

El abogado cerró la carpeta.

—Precisamente por esa irregularidad el banco suspendió el procedimiento civil.

Y presentó una denuncia penal.

El ambiente quedó completamente congelado.

Valeria sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

—¿Penal?

—Sí.

Porque, si la firma resulta falsa tras el peritaje…

Miró directamente a Mauricio.

—Ya no estaremos hablando únicamente de una deuda.

Estaremos hablando de falsificación de documentos y fraude.

Mauricio dio un paso hacia atrás.

Intentó decir algo.

Pero en ese mismo instante dos agentes de la policía judicial aparecieron en la entrada del edificio.

Uno de ellos levantó una carpeta con su nombre.

Y preguntó con voz firme:

¿El señor Mauricio Salinas se encuentra en el domicilio? Tenemos una orden para entrevistarlo por una denuncia relacionada con documentos presuntamente falsificados.

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