PARTE 2: LA VERDADERA HEREDERA DE LA CORONA.

Julián permaneció inmóvil frente a Elena.

Por primera vez desde que ella había llegado a la mansión, la seguridad arrogante de su rostro desapareció.

—¿Qué secreto estás ocultando? —preguntó con desconfianza.

Elena sostuvo su mirada.

—Uno que tu familia lleva años intentando enterrar.

Un murmullo inquieto recorrió el salón.

Los sirvientes bajaron la cabeza. Algunos parecían nerviosos. Otros evitaron mirar a la joven, como si conocieran una parte de la verdad.

Entonces las enormes puertas de la mansión se abrieron.

Un hombre anciano entró acompañado por dos abogados y varios funcionarios del reino. Vestía un uniforme ceremonial y llevaba entre sus manos una caja de madera oscura.

Julián frunció el ceño.

—¿Quién les permitió entrar?

El anciano ni siquiera lo miró.

Caminó directamente hacia Elena y se inclinó ante ella.

—Alteza, hemos venido a devolverle lo que siempre le perteneció.

El salón quedó completamente en silencio.

Julián soltó una risa nerviosa.

—¿Alteza?

El hombre abrió la caja.

En su interior descansaban un sello real, varios documentos antiguos y un medallón de oro con el emblema de una corona rodeada por rosas.

Elena tomó el medallón.

Era el mismo símbolo que su madre le había mostrado cuando era niña.

—Mi madre me dijo que jamás debía enseñarlo hasta que llegara el momento adecuado.

El anciano asintió.

—Su madre no era una simple dama de provincia.

Miró a todos los presentes antes de continuar.

—Era la única hija legítima del antiguo rey.

La servidumbre dejó escapar exclamaciones de sorpresa.

Julián palideció.

—Eso es imposible. La línea real terminó hace veinte años.

—Eso fue lo que su familia quiso que todos creyeran —respondió el abogado—. La princesa sobrevivió al atentado contra el palacio y vivió escondida hasta el nacimiento de Elena.

Elena cerró los dedos alrededor del medallón.

Durante años había creído que su madre ocultaba su pasado para protegerla de enemigos desconocidos.

Ahora comprendía que el peligro siempre había estado mucho más cerca.

—¿Qué tiene que ver mi familia con esto? —preguntó Julián.

El anciano sacó otro documento de la caja.

—Su padre ayudó a ocultar a la heredera.

Julián respiró aliviado durante un instante.

Pero el hombre todavía no había terminado.

—Y después vendió su ubicación a quienes querían eliminarla.

El rostro de Julián se endureció.

—Está mintiendo.

Una voz femenina respondió desde la escalera principal.

—No está mintiendo.

Todos levantaron la mirada.

Doña Beatriz, la madre de Julián, descendía lentamente. Ya no mostraba la expresión orgullosa con la que gobernaba la mansión.

Parecía aterrada.

—Yo encontré esos documentos hace dieciocho años —confesó—. Tu padre me obligó a guardar silencio.

Julián la miró incrédulo.

—¿Y por qué permitiste que me casara con ella?

Doña Beatriz se aferró a la barandilla.

—Porque necesitábamos controlar su herencia.

Elena sintió que aquellas palabras confirmaban cada sospecha.

Su matrimonio jamás había sido una alianza entre familias.

Había sido una trampa.

—Por eso me trajeron aquí —dijo—. No querían una esposa. Querían una prisionera.

Nadie se atrevió a contradecirla.

Elena avanzó hacia el centro del salón.

Su vestido seguía manchado por la bebida que Julián había arrojado sobre ella, pero ya no parecía una mujer humillada.

Parecía una reina lista para recuperar su lugar.

—Desde esta noche, el acuerdo matrimonial queda anulado.

Julián se acercó con furia.

—No puedes decidir eso sola.

Uno de los funcionarios levantó un decreto sellado.

—Sí puede.

—Como heredera legítima, Elena posee autoridad sobre todas las propiedades que pertenecieron a su familia.

El funcionario miró alrededor.

—Incluida esta mansión.

Julián se quedó sin palabras.

Elena contempló las lámparas, los cuadros y las columnas de mármol.

La jaula de oro nunca había pertenecido a quienes la habían encerrado.

Le pertenecía a ella.

—Guardias —ordenó con serenidad—, acompañen a la familia de Julián fuera de mi casa.

Los mismos hombres que antes obedecían al heredero dudaron por un momento.

Después se inclinaron ante Elena.

—Como ordene, alteza.

Julián retrocedió, incapaz de aceptar su derrota.

—Te arrepentirás de esto.

Elena se acercó hasta quedar frente a él.

—Me arrepiento de haber guardado silencio durante tanto tiempo.

Los guardias tomaron a Julián por los brazos.

Mientras lo conducían hacia la salida, Doña Beatriz cayó de rodillas.

—Elena, por favor. Yo no tuve elección.

La joven la observó con tristeza.

—Todos tenemos una elección.

—Usted eligió proteger su riqueza.

—Mi madre eligió protegerme a mí.

Cuando las puertas se cerraron, Elena respiró profundamente.

Había ganado su libertad.

Pero el anciano no parecía tranquilo.

Se acercó y le entregó un último sobre cerrado.

—Alteza, hay algo más que debe saber.

Elena rompió el sello.

Dentro encontró una carta escrita con la letra de su madre.

Solo contenía una frase:

“Si estás leyendo esto, significa que tu verdadero enemigo ya sabe quién eres.”

En ese momento, todas las luces de la mansión se apagaron.

Desde la oscuridad llegó el sonido de unos pasos.

Y una voz desconocida susurró desde el corredor:

—Por fin encontré a la princesa.

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