El anciano abogado cruzó lentamente el salón mientras todos los invitados guardaban un silencio absoluto.
Nadie se atrevía a respirar.
Mateo sintió cómo el sudor recorría su espalda.
El abogado levantó un grueso sobre lacrado.
—Este es el último testamento del señor Gu.
Sofía sonrió con seguridad.
—No hace falta leerlo.
—Mi esposo ya me cedió toda la empresa.
El anciano negó lentamente.
—Solo el verdadero heredero puede recibir esa transferencia.
La sonrisa de Sofía comenzó a desvanecerse.
El abogado rompió el sello frente a todos.
Sacó varias hojas cuidadosamente dobladas.
Su voz resonó con firmeza.
—El presidente fundador deja la totalidad de las acciones con derecho a voto a su única heredera legítima…
Todo el salón contuvo la respiración.
El abogado levantó la vista.
—Valeria Gu.
Un murmullo recorrió la mansión.
Mateo retrocedió incrédulo.
—¡Eso es imposible!
—Mi abuelo siempre dijo que yo dirigiría la empresa.
El abogado abrió otra carpeta.
—Eso fue lo que usted creyó.

—Pero el señor Gu modificó el testamento cinco años antes de fallecer.
Valeria permanecía inmóvil.
Ni siquiera ella conocía aquella decisión.
El abogado continuó leyendo.
—El heredero deberá demostrar integridad, lealtad y capacidad para proteger a la familia.
—Si Mateo Gu traiciona a la persona designada para acompañarlo en ese camino, perderá automáticamente todos sus derechos sucesorios.
Mateo sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.
Comprendió demasiado tarde el verdadero motivo por el que su abuelo siempre insistía en que jamás abandonara a Valeria.
Sofía arrebató el contrato que llevaba entre las manos.
Lo revisó desesperadamente.
Después miró al abogado.
—Entonces… ¿el documento que firmó Mateo conmigo?
El anciano respondió sin vacilar.
—Es completamente nulo.
—Él nunca tuvo autoridad para transferir bienes que legalmente no le pertenecían.
El color desapareció del rostro de Sofía.
En ese instante sonó el teléfono de Valeria.
Era una videollamada de la junta directiva.
Ella activó el altavoz.
—Presidenta Valeria Gu.
—Los cuarenta y tres accionistas acaban de votar por unanimidad.
—La esperamos inmediatamente para asumir la presidencia del Grupo Gu.
Los invitados comenzaron a aplaudir.
Pero Valeria no sonrió.
Miró fijamente a Mateo.
—La traición no fue lo que más me dolió.
—Lo peor fue descubrir que vendiste a nuestra familia por una mentira.
Mateo bajó lentamente la cabeza.
Sin embargo, antes de que pudiera responder, la puerta principal volvió a abrirse.
Entró un hombre de unos sesenta años acompañado por varios agentes financieros.
Llevaba una carpeta marcada como “Auditoría Internacional”.
Al ver su rostro, el abogado dejó caer el testamento.
—No puede ser…
—Usted murió hace diez años.
El recién llegado sonrió con frialdad.
—Eso fue exactamente lo que alguien quiso que toda la familia creyera.
Lee la Parte 3 abajo.