No dormí en toda la noche.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a escuchar la voz de Mauricio diciendo que aquella sería mi última semana de vida.
La doctora Elena permaneció dentro de la habitación hasta el amanecer.
Dos agentes de la policía de investigación esperaban discretamente en una sala contigua.
Todo estaba preparado.
Solo faltaba que Mauricio creyera haber ganado.
A las ocho y doce de la mañana sonó un golpe suave en la puerta.
—Buenos días, amor.
Entró con la misma sonrisa de siempre.
Traía un enorme ramo de lirios blancos.
Y el mismo termo metálico plateado entre las manos.
—Hoy te ves mucho mejor.
Me acarició el cabello con una ternura que ahora me producía náuseas.
—Sabía que mi caldo terminaría haciendo efecto.
Fingí seguir débil.
Incluso dejé que mi voz sonara apenas audible.
—Gracias… por no abandonarme.
Él sonrió satisfecho.
—Jamás haría algo así.
Se sentó junto a la cama y comenzó a servir el caldo lentamente.
El aroma era exactamente igual al de los días anteriores.
Nadie habría sospechado.
—Solo unas cucharadas.
—Después podrás descansar para siempre…
Aquella última frase la dijo casi sin mover los labios.
Pero la grabadora escondida bajo la almohada la registró con absoluta claridad.
Tomó la cuchara.
La acercó lentamente a mi boca.
Justo cuando estaba a centímetros de mis labios…
La puerta se abrió de golpe.
—¡Policía! ¡No se mueva!
Mauricio soltó la cuchara por el sobresalto.
El caldo cayó sobre las sábanas.
Dos agentes entraron inmediatamente.
El tercero tomó el termo usando guantes de evidencia.
Mauricio retrocedió.
—¿Qué significa esto?
La doctora Elena apareció detrás de ellos.
—Significa que el laboratorio terminó los análisis hace una hora.
El rostro de Mauricio perdió el color.
—No entiendo.
Uno de los agentes levantó el termo.
—Dentro encontramos una concentración elevada de un compuesto tóxico de acción acumulativa.
Hubo un silencio absoluto.
Después colocó otra bolsa transparente sobre la mesa.
Dentro había varios pequeños frascos.
—También encontramos el resto de la sustancia durante el cateo realizado esta madrugada en su oficina privada.
Mauricio abrió mucho los ojos.
—¡Eso es imposible!
El agente respondió con calma.
—La orden judicial fue autorizada anoche.
Mi esposo comenzó a respirar con dificultad.
Por primera vez dejó de parecer el hombre seguro que todos conocían.
Intentó acercarse a mí.
—Mariana… diles que esto es un error.
Lo miré fijamente.
—¿Como el error de decir que ibas a quedarte con mi empresa cuando yo muriera?
La habitación quedó completamente en silencio.
La agente encendió un pequeño altavoz.
Entonces comenzó a escucharse la grabación.
Su propia voz.
Clara.
Inconfundible.
—”…si te mueres esta semana, por fin podré quedarme con todo…”
Mauricio cerró los ojos.
Después sonó otra parte.
—”…mañana te daré una dosis más fuerte…”
Nadie dijo una sola palabra mientras la confesión llenaba la habitación.
Incluso Renata, que acababa de llegar creyendo visitar a una paciente, permanecía inmóvil junto a la puerta.
Miraba a Mauricio como si no reconociera al hombre con quien llevaba meses manteniendo una relación.
Él intentó reaccionar.
—Renata… escúchame…
Ella dio un paso hacia atrás.
—¿También pensabas usarme a mí?
No respondió.
Los agentes comenzaron a colocarle las esposas.
Fue entonces cuando Mauricio soltó una carcajada inesperada.
—Da igual.
Todos me observaron.
Sonrió con una tranquilidad que me heló la sangre.
—Aunque salga de aquí, ya es demasiado tarde.
Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?
Levantó lentamente la mirada hacia mí.
—Crees que tu empresa sigue siendo tuya.
Sentí un nudo en el estómago.
Él continuó sonriendo.
—Mientras tú estabas hospitalizada… alguien firmó una venta que jamás imaginaste.
La doctora Elena intercambió una mirada con los investigadores.
—Eso no puede ser.
Mauricio respondió con absoluta seguridad.
—Revisen el Registro Público.
La empresa ya tiene un nuevo propietario.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Yo nunca había firmado ninguna venta.
Entonces…
¿Quién lo había hecho?
Uno de los agentes recibió una llamada en ese mismo instante.
Escuchó apenas unos segundos.
Después levantó lentamente la vista hacia mí.
Su expresión cambió por completo.
—Señora Salgado…
—Acaban de confirmar que los documentos existen.
Hizo una pausa antes de añadir las palabras que cambiaron nuevamente el rumbo de todo.
—Pero la firma que aparece como compradora… no es la de Mauricio.
Es la de alguien en quien usted ha confiado durante más de doce años.
Y ese nombre estaba a punto de destruir mucho más que su matrimonio.