El anciano permaneció de pie bajo la lluvia sin apartar la vista del autobús.
Su sonrisa era cada vez más arrogante.
—Cinco minutos —dijo antes de colgar el teléfono—. Ya verán quién termina pidiendo perdón.
Las puertas se cerraron lentamente.
El conductor dudó durante unos segundos.
—¿Continuamos o esperamos a la policía?
La joven respiraba con dificultad mientras intentaba controlar el temblor de sus manos.
Aún sentía el ardor de la bofetada.
—Siga conduciendo.
Pero apenas el autobús avanzó unos metros, tres camionetas negras bloquearon completamente la avenida.
Los pasajeros comenzaron a inquietarse.
—¿Qué está pasando?
—¿Es un accidente?
Las puertas de los vehículos se abrieron al mismo tiempo.
Más de una docena de hombres con traje descendieron rápidamente.
El anciano caminó hacia ellos señalando el autobús.
—Son ellos.
—Todos me agredieron.
Los pasajeros quedaron indignados.
—¡Está mintiendo!
—¡Fue él quien golpeó primero!
Uno de los hombres de traje levantó la mano pidiendo silencio.
Su presencia imponía respeto.
Subió al autobús con expresión seria.
El anciano sonrió con satisfacción.
—Director, esa mujer me atacó delante de todos.
—Exijo que la arresten inmediatamente.
La joven dio un paso al frente.
No intentó escapar.
—Sí, le devolví el golpe.
—Pero antes él me abofeteó sin motivo.
El hombre de traje no respondió.
Observó detenidamente el rostro de la muchacha.
La marca roja de la bofetada seguía perfectamente visible.
Luego miró las cámaras de seguridad instaladas sobre el conductor.
—¿Este autobús graba todo el recorrido?
El conductor asintió.
—Las cámaras funcionan las veinticuatro horas.
El anciano perdió parte de su seguridad.
—No hace falta revisar nada.
—Todos saben que los videos pueden manipularse.
El hombre de traje giró lentamente hacia él.
—¿Tiene tanta prisa por evitar que los revisemos?
El anciano tragó saliva.
Por primera vez comenzó a sentirse incómodo.
En ese momento, una mujer de mediana edad levantó su teléfono.
—Yo también grabé todo desde que empezó a gritar.
Otro pasajero hizo lo mismo.
—Yo tengo otro ángulo.
—Y yo también.
En pocos segundos aparecieron más de diez teléfonos levantados.
Cada uno mostraba claramente al anciano levantando la mano primero.
El silencio cayó sobre la calle.
El hombre de traje observó los videos uno tras otro.
Después guardó el teléfono y caminó lentamente hacia el anciano.
Todos esperaban que ordenara detener a la joven.
Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.

Le mostró una placa oficial.
—Queda detenido por agresión, alteración del orden público y denuncia falsa.
El anciano abrió los ojos con incredulidad.
—¡No puedes arrestarme!
—¡Soy tu tío!
El hombre de traje permaneció completamente impasible.
—Precisamente por eso llevo veinte años avergonzándome de usted.
Los pasajeros estallaron en murmullos.
Pero antes de que los agentes pudieran colocarle las esposas, el anciano soltó una carcajada desesperada y gritó una frase que dejó inmóviles incluso a su propio sobrino.
—¡Si me llevan preso, tendrán que explicar por qué ese autobús transporta a una mujer que lleva veinte años desaparecida oficialmente!