Gabriel leyó los resultados una cuarta vez.
Ethan Bennett.
Probabilidad de paternidad: 0%.
Lucas Bennett.
Probabilidad de paternidad: 0%.
Noah Bennett.
Probabilidad de paternidad: 0%.
Tres niños.
Cinco años de mentiras.
Cinco años humillando a Elena por no darle un heredero mientras él mantenía a otra mujer y criaba como propios a los hijos de alguien más.
Gabriel dejó caer los documentos sobre el escritorio.
Por primera vez en muchos años, tuvo miedo de regresar a casa.
No de Clara.
De Elena.
Porque una pregunta seguía persiguiéndolo.
¿Ella siempre lo había sabido?
Llamó a su investigador privado.
—Quiero saber quién es el padre de esos niños.
—¿De los tres?
—De los tres.
—Necesitaré tiempo.
—Tienes veinticuatro horas.
Después llamó a Clara.
—Ven a mi oficina.
Ella apareció veinte minutos después con su habitual sonrisa.
—¿Me necesitaba?
Gabriel señaló la silla.
—Siéntate.
Clara obedeció.
—¿Ocurrió algo?
Gabriel abrió un cajón.
Dentro estaban los resultados.
No los sacó.
Todavía no.
—¿Recuerdas cuando me dijiste que estabas embarazada de Ethan?
Clara sonrió nerviosamente.
—Claro.
—¿Y Lucas?
—También.
—¿Noah?
Su sonrisa desapareció.
—Gabriel, ¿por qué preguntas eso?
Él la observó.
—Porque quiero escucharte decirlo otra vez.
Clara tragó saliva.
—Son tus hijos.
—Los tres.
—Sí.
—¿Estás segura?
—Por supuesto.
Gabriel asintió lentamente.
Después sacó las pruebas.
Las colocó frente a ella.
Clara miró la primera página.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué es esto?
—Léelo.
—Debe haber un error.
—Hay tres análisis independientes.
Clara retrocedió.
—Gabriel…
—Y yo también me hice pruebas.
Silencio.
—Soy estéril.
Clara comenzó a llorar.
Pero aquellas lágrimas ya no producían en él el mismo efecto.
—Puedo explicarlo.
Gabriel soltó una risa vacía.
—Cinco años.
Se levantó.
—Tienes cinco años para explicar.
Clara se cubrió el rostro.
—Tenía miedo de perderte.
—¿Quién es el padre?
—No importa.
Gabriel golpeó el escritorio con la palma.
—¿QUIÉN ES EL PADRE DE LOS TRES?
Clara dio un salto.
Entonces la puerta se abrió.
La madre de Gabriel, Margaret Morrison, entró furiosa.
—¿Por qué estás gritándole?
Gabriel la miró.
Su madre había defendido a Clara durante años.
Había llevado a aquellos niños a reuniones familiares.
Había humillado públicamente a Elena.
—Perfecto —dijo Gabriel—. Tú también debes escuchar esto.
Margaret vio las pruebas.
—¿Qué significa?
—Que ninguno es mío.
Su rostro se congeló.
—Eso es imposible.
—No puedo tener hijos.
Margaret se sentó lentamente.
—Pero…
Miró a Clara.
—Tú juraste…
Clara lloraba.
—Lo siento.
Margaret se puso de pie y levantó la mano.
Gabriel la detuvo.
—No.
Su madre lo miró sorprendida.
—¡Nos engañó!
Gabriel apretó la mandíbula.
—Y nosotros destruimos a Elena por creerle.
Aquella frase silenció la habitación.
Recordó cada cena.
“Una mujer que no puede darle hijos a su esposo debería conocer su lugar.”
Recordó que Elena nunca respondió.
Solo bajaba los ojos.
Ahora Gabriel comprendía que quizás no bajaba los ojos por vergüenza.
Quizás lo hacía para ocultar lo poco que ya le importaban aquellas personas.
Su teléfono vibró.
Era el investigador.
—Encontramos algo.
Gabriel salió al pasillo.
—Habla.
—Los tres niños probablemente tienen el mismo padre.
—Nombre.
Hubo una pausa.
—Daniel Morrison.
Gabriel dejó de respirar.
—Repite eso.
—Daniel Morrison.
Su primo.
Su vicepresidente financiero.
El hombre que había trabajado a su lado durante doce años.
Gabriel regresó lentamente a la oficina.
Clara vio su rostro y comprendió.
—Gabriel…
—Daniel.
Ella cerró los ojos.
Margaret se llevó una mano a la boca.
Gabriel soltó una carcajada amarga.
—Cinco años durmiendo con mi secretaria mientras ella dormía también con mi primo.
Clara negó.
—No fue así.
—¿Entonces cómo fue?
—Daniel y yo estábamos juntos antes.
Gabriel quedó inmóvil.
—¿Antes de qué?
—Antes de ti.
La verdad era todavía peor.
Clara nunca había sido su amante que accidentalmente quedó embarazada.

Gabriel había sido la pieza conveniente.
El apellido.
El dinero.
La protección.
—Fuera.
—Déjame explicarte.
—Fuera.
Clara intentó acercarse.
—¿Y los niños?
Gabriel la miró.
Durante años los había abrazado.
Había asistido a cumpleaños.
Había pagado colegios.
Los niños no tenían culpa.
—Ellos recibirán lo que necesiten mientras se resuelve esto.
Después su voz se volvió fría.
—Pero tú no recibirás nada más de mí.
Clara salió llorando.
Margaret permaneció sentada.
—Tenemos que hablar con Elena.
Gabriel la miró.
—¿Para qué?
—Para explicarle.
—¿Explicarle qué?
Su voz se quebró.
—¿Que la llamamos inútil mientras celebrábamos tres hijos que ni siquiera eran míos?
Margaret bajó la cabeza.
Gabriel regresó a casa esa noche.
La sopa de pollo seguía en el refrigerador.
Elena estaba en el dormitorio guardando ropa dentro de una maleta.
Gabriel se quedó en la puerta.
—¿Vas de viaje?
—Sí.
—¿Adónde?
—A casa de mi hermana.
—¿Por cuánto tiempo?
Elena dobló una blusa.
—No lo sé.
Gabriel sintió miedo.
—Elena…
Ella levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
Él sacó los resultados.
—Los niños de Clara no son míos.
Elena observó los documentos.
No pareció sorprendida.
Ni siquiera un poco.
Gabriel sintió que el pecho se le cerraba.
—Lo sabías.
Ella continuó guardando ropa.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde el nacimiento de Ethan.
Cinco años.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
Elena cerró la maleta.
—Porque no necesitaba demostrarte nada.
—¡Era mi esposa!
—Precisamente.
Lo miró con una tranquilidad que dolía más que cualquier grito.
—Si necesitabas una prueba de ADN para respetarme, entonces nuestro matrimonio ya estaba muerto.
Gabriel quedó sin palabras.
—¿Por qué te quedaste?
Por primera vez, Elena sonrió.
—Porque estaba esperando.
—¿Esperando qué?
Ella sacó un sobre de su bolso.
Documentos de divorcio.
Ya firmados.
Gabriel palideció.
—No.
—Durante cinco años pusiste propiedades a nombre de Clara, pagaste cuentas y transferiste activos intentando asegurar el futuro de tus “hijos”.
Dejó otra carpeta sobre la cama.
—Yo documenté cada movimiento.
Gabriel la abrió.
Había cientos de páginas.
—¿Qué vas a hacer?
—Nada contigo.
Tomó su maleta.
—Mi abogado se encargará.
Gabriel bloqueó la puerta.
—Elena, podemos arreglarlo.
Ella lo miró.
—¿Arreglar qué?
—Nosotros.
Elena casi pareció sentir lástima.
—Gabriel, acabas de descubrir que esos niños no son tuyos y de repente recuerdas que tienes esposa.
Aquello lo destruyó.
Entonces sus ojos bajaron accidentalmente hacia el bolso abierto de Elena.
Había una fotografía de ultrasonido.
Gabriel se quedó inmóvil.
Recordó por qué la había llevado al hospital.
Su cansancio.
Las náuseas.
Los análisis.
—Elena…
Su voz tembló.
—¿Estás embarazada?
Ella no respondió.
Gabriel miró la fotografía.
Después recordó las palabras del médico.
Nunca había podido tener hijos.
Levantó lentamente la vista.
—Si yo soy estéril…
Elena sostuvo su mirada.
Por primera vez aquella noche, su serenidad desapareció.
Gabriel retrocedió como si lo hubieran golpeado.
—¿De quién es ese bebé?
Elena tomó la fotografía y la guardó.
—Eso ya no es asunto tuyo.
Caminó hacia la puerta.
Pero antes de salir, Gabriel vio una fecha escrita en la esquina del ultrasonido.
Y entonces comprendió algo imposible.
La fecha estimada de concepción correspondía a una semana en la que Elena supuestamente había estado sola en Europa.
Solo que Gabriel acababa de recordar quién había viajado también a Europa aquellos mismos días.
Daniel Morrison.