A las diez de la mañana siguiente, Lucas llamó por primera vez.
No contesté.
A las diez y cuarto llegaron seis mensajes.
¿Dónde estás?
Todos están preguntando por ti.
Amelia, ya basta.
El último decía:
Te doy media hora para venir.
Lo bloqueé.
A esa hora yo estaba en el aeropuerto.
El contrato que había rechazado tres veces era para dirigir un proyecto en otra ciudad durante dos años. Cada vez había dicho que no porque Lucas aseguraba que un matrimonio no podía comenzar a distancia.
Qué irónico.
Él podía casarse con otra mujer.
Yo no podía aceptar un ascenso.
Mientras esperaba mi vuelo, recibí una llamada de mi madre.
—Amelia, ¿qué está pasando?
—Lucas ya está casado.
Silencio.
—¿Con Fiona?
Eso me sorprendió.
—¿Lo sabías?
—Su madre vino esta mañana llorando. Dice que fue un error.
—Firmar un matrimonio requiere más pasos que tropezarse con una piedra.
Mi madre suspiró.
—¿Qué quieres que hagamos con los invitados?
—Comer.
—¿Qué?
—El hotel está pagado. La comida también. Que coman.
Por primera vez desde la noche anterior, mi madre soltó una pequeña carcajada.
—¿Y tú?
Miré mi tarjeta de embarque.
—Yo tengo un avión.
A las once comenzó la ceremonia.
Después supe lo ocurrido por una amiga.
Lucas había esperado hasta el último momento convencido de que yo aparecería.
Fiona incluso llegó vestida de blanco.
Según ella, era para “salvar la situación”.
Cuando quedó claro que yo no iba a llegar, Fiona subió al escenario sonriendo.
—Bueno, técnicamente ya somos marido y mujer.
Nadie se rio.
Especialmente Lucas.
Su padre le exigió explicaciones delante de doscientas personas.
Entonces alguien proyectó en la pantalla la fotografía del certificado que yo había enviado la noche anterior al grupo familiar.
Fecha.
Nombres.
Registro legal.
Todo.
Lucas ya no podía llamarlo “una broma” sin quedar como un completo idiota.
Fiona intentó tomarle el brazo.
—Ya que Amelia decidió marcharse, podemos convertir esto en algo bonito.
Lucas apartó su mano.
—¿Convertir qué?
—Nuestra boda.
—Yo nunca quise casarme contigo.
Fiona se quedó blanca.
—Pero lo hiciste.
Ahí estaba el problema.
Durante años ambos habían jugado con límites porque yo siempre estaba allí para absorber las consecuencias.
Esta vez no.
La recepción terminó antes del almuerzo.
Pero el verdadero desastre llegó después.
Lucas fue al registro para iniciar inmediatamente el procedimiento de separación.
Allí descubrió que Fiona no estaba tan borracha como había afirmado.
Las cámaras mostraban que había llegado caminando perfectamente.
Había llevado documentos preparados.
Incluso había reservado con anticipación aquel supuesto “servicio especial”.
Lucas la enfrentó.
Finalmente ella confesó.
Llevaba años convencida de que él terminaría eligiéndola.
La noche anterior a nuestra boda decidió obligarlo a cruzar una línea que ya no pudiera ocultarme.
—Sabía que Amelia te dejaría si veía el certificado —admitió.
Lucas la miró horrorizado.
—¿Lo planeaste?
—Tú firmaste.
Y esa fue la única parte que Fiona jamás pudo quitarle.
Ella preparó la situación.
Pero Lucas participó.
Nadie le había movido la mano para firmar.
Tres meses después yo estaba instalada en mi nueva ciudad.
Tenía apartamento nuevo.
Trabajo nuevo.
Y una tranquilidad que había olvidado que existía.
Entonces Lucas apareció frente a mi oficina.
Parecía haber envejecido años.
—Ya terminó —dijo.
—¿Qué cosa?
—Mi matrimonio con Fiona.
Lo miré sin emoción.
—Felicidades.
Sacó una caja.
Dentro estaba el anillo que yo había elegido para nuestra boda.
—Podemos empezar de nuevo.

—No.
Pareció no comprender.
—Amelia, cometí un error.
—Exactamente.
—¡Un error de una noche no puede borrar seis años!
—No los borró.
Cerré la caja y se la devolví.
—Los explicó.
Durante seis años Fiona entró en nuestra relación cada vez que quiso.
Y durante seis años Lucas me pidió comprensión.
Cada aniversario interrumpido.
Cada viaje cambiado.
Cada llamada nocturna.
Cada límite que yo pedía y él convertía en celos.
El certificado solo había convertido en papel algo que llevaba años negándome a ver.
—Te elegí a ti —insistió.
—No, Lucas. Esperabas que yo permaneciera disponible mientras elegías cuánto podía soportar.
Sus ojos se humedecieron.
—¿Entonces esto termina así?
—Terminó cuando firmaste con ella.
Pasé a su lado.
—Yo solo tardé unas horas en aceptarlo.
Un año después regresé a aquella ciudad por trabajo.
Pasé casualmente frente al hotel donde debía celebrarse nuestra boda.
No sentí tristeza.
Tampoco rabia.
Pensé en aquella Amelia que había preparado flores, mesas y votos mientras su prometido convertía el matrimonio en un juego.
Y comprendí algo.
Fiona había creído que robarme aquella boda era ganar.
Lucas había creído que yo siempre esperaría.
Los dos estaban equivocados.
Porque al día siguiente de encontrar aquel certificado, por primera vez en seis años, desperté sin preguntarme qué necesitaba Lucas.
Me pregunté qué quería yo.
Y aquella pregunta terminó llevándome mucho más lejos que cualquier altar.