Parte 2: CUANDO SEBASTIAN ENCONTRÓ LAS CUATRO INCUBADORAS VACÍAS

A las seis y diecisiete de la mañana, el teléfono de Sebastian comenzó a sonar.

Él dormía en la suite presidencial del hotel más caro de la ciudad.

Clara estaba a su lado.

La botella de champán vacía seguía sobre la mesa.

Sebastian rechazó la primera llamada.

También la segunda.

A la tercera, contestó irritado.

—¿Qué ocurre?

La voz de la enfermera temblaba.

—Señor Foster… tiene que venir al hospital.

—¿Por qué?

Silencio.

Los cuatro bebés han desaparecido.

Sebastian se incorporó.

—¿Qué acabas de decir?

Clara abrió los ojos.

—Las incubadoras están vacías.

Cinco minutos después, Sebastian ya estaba en el automóvil.

Cuando llegó, encontró el piso neonatal convertido en un caos.

Seguridad revisaba cámaras.

Administradores discutían.

Su madre gritaba contra el director del hospital.

—¡Son los únicos herederos Foster! ¡Encuéntrenlos!

Sebastian entró en la habitación neonatal.

Cuatro incubadoras.

Vacías.

Por primera vez en años, el hombre que controlaba empresas, bancos y miles de empleados no pudo controlar ni su propia respiración.

—¿Dónde está Elena?

Nadie respondió.

Entonces recordó el cheque.

Quinientos millones.

El divorcio.

Mi firma tranquila.

Mi ausencia de lágrimas.

Sacó el teléfono y llamó.

Número fuera de servicio.

Otra vez.

Lo mismo.

—Encuéntrenla —ordenó.

Su asistente palideció.

—Señor Foster, ya lo intentamos.

—¿Y?

—La señorita Morris canceló su alquiler. Renunció a su empleo. Cerró sus cuentas habituales y su teléfono dejó de funcionar anoche.

Sebastian se quedó inmóvil.

Yo no había improvisado una huida.

La había preparado.

Su madre apareció detrás de él.

—¡Llama a la policía! ¡Esa mujer secuestró a nuestros niños!

El director médico giró lentamente.

—Señora Foster, hay un problema.

—¿Qué problema?

—Los registros de nacimiento.

Sebastian frunció el ceño.

—¿Qué pasa con ellos?

El hombre abrió una carpeta.

—La documentación definitiva de filiación todavía no había sido presentada cuando desaparecieron.

—Soy el padre.

—Biológicamente, probablemente. Pero necesitamos revisar toda la documentación.

La madre de Sebastian golpeó la mesa.

—¡No necesito documentos para saber quiénes son mis nietos!

El director permaneció sereno.

—Legalmente, sí.

Entonces llegó otro golpe.

El jefe de seguridad entró.

—Encontramos las imágenes.

Sebastian observó la grabación.

Una mujer con uniforme de limpieza.

Mascarilla.

Gorra.

Carrito.

Era imposible reconocer su rostro.

Pero Sebastian reconoció mi manera de caminar.

Incluso encorvada por el dolor.

—Elena.

Clara, detrás de él, susurró:

—No puede haber hecho esto sola.

Sebastian giró hacia ella.

—¿Qué?

—Esos equipos neonatales cuestan muchísimo dinero. Necesitaba contactos, transporte, documentación…

Clara se detuvo.

Demasiado tarde.

Sebastian entrecerró los ojos.

—¿Cómo sabes cuánto cuestan?

El rostro de Clara cambió.

—Lo supongo.

Antes de que pudiera continuar, su asistente entró apresuradamente.

—Señor Foster, encontramos algo más.

Le entregó una tableta.

Había una transferencia realizada meses atrás desde una empresa subsidiaria de Foster Medical Technologies.

Destino: una compañía extranjera especializada en transporte neonatal.

Autorización: Clara Bell.

El silencio fue absoluto.

Sebastian levantó lentamente la mirada.

—Explícame esto.

Clara perdió el color.

—Sebastian, puedo explicarlo.

—Hazlo.

—Tu madre me pidió investigar equipos después de saber que Elena esperaba cuatro bebés.

Su madre intervino inmediatamente.

—¡Eso es mentira!

Clara la miró horrorizada.

Y yo habría pagado por presenciar aquel momento.

Porque la familia perfecta comenzaba a devorarse sola.


Mientras tanto, a cientos de kilómetros, yo desperté cuando escuché un pequeño gemido.

Estábamos en una clínica privada.

No figuraba públicamente a mi nombre.

Valeria había organizado médicos, enfermeras y documentación meses antes.

Me incorporé lentamente.

El dolor de la cesárea seguía allí.

Pero frente a mí había cuatro cunas transparentes.

Cuatro respiraciones.

Cuatro razones para continuar.

Valeria entró con café.

—Los Foster ya están buscando por todas partes.

—Lo esperaba.

—Sebastian movilizó seguridad privada.

La miré.

—También esperaba eso.

Valeria dejó una carpeta sobre mi cama.

—Entonces llegó el momento de enseñarle lo que nunca se molestó en preguntar.

Abrí la carpeta.

Dentro estaban los documentos que había protegido durante casi un año.

Porque Sebastian creía que nuestro matrimonio había comenzado cuando él me eligió.

No sabía que mi historia con la familia Foster había empezado mucho antes de conocerlo.

—¿Estás segura? —preguntó Valeria.

Miré a mis hijos.

—Completamente.


A las once, Sebastian recibió mi primer mensaje.

No contenía palabras.

Solo una fotografía.

Los cuatro bebés dormidos.

Sanos.

Debajo añadí:

“Están conmigo. Están seguros. No vuelvas a decir que no necesitan a su madre.”

Me llamó inmediatamente.

No contesté.

Después llegó un mensaje.

“Devuélveme a mis hijos.”

Respondí:

“¿Tus hijos?”

Tres minutos después envié un archivo.

El acuerdo matrimonial.

Sebastian lo abrió.

Probablemente esperaba encontrar alguna cláusula sobre custodia.

Encontró algo distinto.

Un anexo firmado antes de nuestra boda.

Una condición exigida por su propio abuelo.

En caso de disolución matrimonial inmediatamente posterior al nacimiento, cualquier disputa sobre los descendientes debía quedar suspendida hasta determinar el origen y propiedad de los embriones utilizados en el procedimiento de fertilidad.

Sebastian llamó a su abogado.

Veinte minutos después, su abogado llegó al hospital con el rostro desencajado.

—Sebastian, tenemos un problema grave.

—¿Cuál?

—Revisamos los archivos de la clínica de fertilidad.

—¿Y?

El abogado dejó cuatro expedientes sobre la mesa.

Los embriones no pertenecían al programa reproductivo de la familia Foster.

Sebastian no entendió.

—Eso es imposible.

—Tu abuelo cambió el procedimiento.

—¿Por qué?

—No lo sabemos.

Su madre retrocedió.

Demasiado rápido.

Sebastian lo vio.

—Mamá.

Ella guardó silencio.

—¿Qué sabes?

—Nada.

—Mírame.

La mujer que llevaba décadas gobernando aquella familia bajó los ojos.

Y Sebastian comprendió que estaba mintiendo.

Su abogado abrió otro documento.

—Hay algo más. Elena no aparece simplemente como paciente.

—Entonces, ¿cómo aparece?

El abogado respiró profundamente.

—Como titular de derechos sobre el material genético original.

Sebastian quedó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

—Significa que necesitamos descubrir de dónde procedían realmente esos embriones antes de reclamar absolutamente nada.

El teléfono de Sebastian vibró.

Otro mensaje mío.

Esta vez era una fotografía antigua.

Su abuelo.

Mucho más joven.

A su lado estaba mi padre.

Y entre ambos había un contrato fechado veintisiete años antes de mi matrimonio.

Debajo escribí:

“Pregúntale a tu madre por qué tu abuelo me eligió a mí.”

Sebastian levantó la cabeza.

Su madre estaba temblando.

—¿Quién es Elena realmente? —preguntó.

Ella negó lentamente.

—Sebastian…

—¿QUIÉN ES?

Pero antes de que pudiera responder, las puertas del pasillo se abrieron.

Un anciano abogado entró acompañado por dos hombres.

Llevaba el sello personal del difunto patriarca Foster.

Colocó un sobre sobre la mesa.

—Tengo instrucciones de abrir esto únicamente si Elena Morris abandona voluntariamente a Sebastian después del nacimiento de cuatro descendientes vivos.

Sebastian miró el sobre.

En la portada había una frase escrita por su abuelo:

“PARA EL DÍA EN QUE MI FAMILIA COMETA EL ERROR DE EXPULSAR A SU VERDADERA HEREDERA.”

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Damian no perdió el tiempo. A las nueve de la mañana había convertido la mesa de la suite en una sala de guerra. Ordenadores. Contratos. Informes financieros….

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