Durante varios segundos nadie dijo una palabra.
El paraguas transparente de Sophia rodó por el pavimento mojado.
Yo miré a Adrián.
—¿Volver a casarnos?
—Sí.
—Acabamos de divorciarnos hace menos de una hora.
—Eso puede corregirse.
Casi me reí.
Para Adrián Suárez, aparentemente un matrimonio podía terminarse y reconstruirse con la misma facilidad con la que modificaba un contrato empresarial.
Sophia fue la primera en reaccionar.
—Adrián, dijiste que cuando regresara terminarías con ella.
Él la miró.
—Y lo hice.
—Entonces ¿qué estás diciendo?
—Estoy hablando de mi hija.
Sophia palideció.
—¿Vas a casarte otra vez con una mujer que no amas sólo por una niña que todavía ni siquiera ha nacido?
Adrián no contestó.
Y aquel silencio respondió por él.
Yo acomodé el bolso sobre mi hombro.
—No se preocupen. Ninguno tendrá que sacrificarse.
Entré al hospital.
Adrián me siguió.
Sophia también intentó hacerlo, pero él se volvió.
—Tú no.
—¿Perdón?
—Esta consulta no tiene nada que ver contigo.
Vi cómo la humillación endurecía su rostro.
Por primera vez comprendí algo.
Sophia había regresado convencida de que yo era simplemente el asiento que había ocupado mientras ella estaba ausente.
Nunca imaginó que pudiera existir algo entre Adrián y yo capaz de complicar su regreso.
Ni siquiera Adrián lo había imaginado.
Hasta aquella mañana.
Durante la ecografía permaneció junto a la pared.
La doctora movió el transductor y el sonido del corazón de nuestra hija llenó la habitación.
Adrián dejó de respirar por un instante.
—Todo parece normal —explicó la doctora—. El desarrollo es adecuado.
—¿Y la interrupción?
La pregunta salió de mi boca.
Adrián giró inmediatamente.
La doctora me miró con profesionalidad.
—Podemos hablar de todas sus opciones en privado.
—No será necesario —intervino Adrián.
Lo miré.
—¿Disculpa?
La doctora frunció el ceño.
—Señor Suárez, la decisión médica corresponde a mi paciente.
Él guardó silencio.
Pero sus manos estaban cerradas.
Cuando salimos, me tomó del brazo.
—¿Qué quieres?
—¿A qué te refieres?
—Dinero. Propiedades. Acciones. La villa de Madrid. El apartamento de Londres. Pon una cifra.
Lo observé durante unos segundos.
—¿Estás intentando comprar a tu propia hija?
Me soltó inmediatamente.
—Estoy intentando darte seguridad.
—Ya me pagaste por divorciarme.
Aquello le dolió.
Lo vi claramente.
—No lo digas así.
—¿Cómo debería decirlo?
Adrián no respondió.
Saqué mi teléfono.
—Mi decisión no cambia.
Entonces hizo algo inesperado.
Me quitó el teléfono de la mano.
—No tomarás ninguna decisión hoy.
—Devuélvemelo.
—Estás enfadada.
—Estoy divorciada.
Sus ojos se oscurecieron.
—Valeria.
Extendí la mano.
—Mi teléfono.
Durante varios segundos nos quedamos mirándonos.
Finalmente me lo devolvió.
—Te daré una semana.
Sonreí.
—Sigues hablando como si pudieras darme plazos.

Pasé junto a él.
Esta vez no me siguió.
Pero cuando llegué a la villa aquella tarde descubrí que cuatro empleados estaban colocando cajas nuevas en la habitación que había sido destinada al bebé.
La cuna que yo había pedido retirar había regresado.
También había ropa.
Un cochecito.
Una silla infantil.
Y una enfermera especializada en cuidados prenatales esperaba en la sala.
Miré al administrador.
—¿Quién autorizó esto?
Su expresión fue incómoda.
—El señor Suárez.
Solté una risa sin humor.
Mi exmarido acababa de divorciarse de mí y, seis horas después, estaba organizando nuevamente mi vida.
Llamé a su abogado.
—Quiero que prepare la transferencia inmediata de todas las propiedades incluidas en el acuerdo.
Hubo un silencio.
—Señora Ortega…
—Y quiero revisar cada cláusula relacionada con mi hija.
—El señor Suárez solicitó suspender temporalmente algunos trámites.
Mis dedos se endurecieron alrededor del teléfono.
—¿Con qué autoridad?
—Dijo que enviaría un convenio complementario.
Entonces entendí.
Adrián todavía creía que esto era una negociación.
Así que hice lo que mejor sabía hacer.
Dejé de discutir y empecé a prepararme.
Durante los siguientes tres días no respondí sus llamadas.
Contraté a mi propio abogado.
Moví mis pertenencias personales.
Transferí las cuentas que legalmente me correspondían.
Y reservé un apartamento a nombre de mi madre.
Adrián descubrió todo el cuarto día.
Entró en la villa mientras dos trabajadores cargaban mis últimas cajas.
—¿Qué estás haciendo?
—Mudándome.
—Esta casa es tuya.
—Precisamente.
Frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué te vas?
—Porque Sophia conoce esta dirección.
La expresión de Adrián cambió.
—Ella no vendrá.
—Ya vino.
El silencio fue inmediato.
Saqué un sobre de mi bolso.
—Esta mañana.
Dentro había fotografías.
Sophia entrando por la puerta lateral.
Sophia hablando con una empleada.
Sophia entrando en la habitación del bebé.
Adrián pasó las imágenes rápidamente.
—¿Qué hizo?
—Nada.
Tomé la última fotografía.
—Excepto dejar esto.
Era una pequeña caja blanca.
Dentro había unos zapatitos de bebé.
Y una tarjeta.
“Algunas niñas nacen en el momento equivocado.”
La mandíbula de Adrián se endureció.
Sacó el teléfono.
—No la llames —dije.
—Amenazó a mi hija.
Aquellas palabras me hicieron detenerme.
Mi hija.
No “el bebé”.
No “tu embarazo”.
Su hija.
—Ya envié todo a mi abogado.
Adrián levantó la mirada.
—¿Por qué no me lo dijiste inmediatamente?
—Porque ya no eres la persona a la que llamo cuando tengo un problema.
Su rostro cambió.
Por primera vez desde que lo conocía, pareció comprender realmente qué significaba el divorcio.
No era un documento.
Era perder el derecho a ser mi primera llamada.
Su teléfono sonó.
Sophia.
Adrián rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
La rechazó otra vez.
Entonces llegó un mensaje.
No quería mirar.
Pero él abrió la pantalla frente a mí.
“Si quieres saber por qué regresé realmente, pregúntale a Valeria quién era su padre.”
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Adrián lo notó.
—¿Qué significa esto?
—Nada.
Intenté marcharme.
Me bloqueó el paso.
—Valeria.
—Apártate.
—¿Qué sabe Sophia de tu padre?
No contesté.
Porque aquella era la única parte de mi vida que nunca le había contado.
Mi padre había muerto cuando yo tenía diecisiete años.
Al menos, eso era lo que Adrián creía.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez llegó una fotografía.
Adrián la abrió.
Era antigua.
Más de veinte años.
Sophia aparecía de niña junto a su madre.
Detrás de ellas había dos hombres.
Uno era el padre de Adrián.
Y el otro…
Adrián levantó lentamente la mirada hacia mí.
—Ese eres tú con él, ¿verdad?
—Es mi padre.
Sus ojos regresaron a la fotografía.
Debajo había otro mensaje de Sophia.
“Pregúntale qué hizo su padre la noche en que murió tu madre.”
Adrián quedó completamente inmóvil.
Yo también.
Porque entonces comprendí algo mucho peor.
Sophia no había regresado únicamente para recuperar a Adrián.
Había regresado porque sabía que nuestras dos familias compartían un secreto que llevaba veinte años enterrado.
Y mientras Adrián me miraba esperando una explicación, apareció un último mensaje:
“Si Valeria te cuenta su versión primero, jamás sabrás quién provocó realmente aquella caída desde la terraza.”