PARTE 2: CUANDO ADRIAN DESCUBRIÓ QUE EL DIVORCIO QUE ME HIZO FIRMAR PARA COMPLACER A SU SÉPTIMA AMANTE ERA REAL, YO YA HABÍA DEJADO DE SER LA ESPOSA QUE SIEMPRE LO ESPERABA.

Durante los siguientes doce días, Adrian no notó nada.

Seguía enviándome fotografías del recién nacido.

Preguntas sobre vacunas.

Resultados de análisis.

Incluso una lista de regalos que Sophie quería para el bebé.

Yo respondía únicamente cuando se trataba de asuntos médicos.

Nunca preguntó por mi salud.

Nunca recordó que apenas unos días antes yo también había estado hospitalizada.

El día trece escribió:

«Esta noche cenamos en casa. Tengo algo que decirte».

Respondí:

«Estoy de guardia».

Tres minutos después llamó.

—Cámbiala.

—No puedo.

—Claire, Sophie aceptó que volvamos a casarnos después de que tenga el segundo bebé. Tenemos que organizar las fechas.

Miré el pasillo vacío del hospital.

—¿Volvamos a casarnos?

—Sí.

Parecía sorprendido por mi pregunta.

—Te dije que el divorcio era temporal.

—Lo dijiste.

—Entonces ¿cuál es el problema?

—Ninguno.

Colgué.

Aquella misma tarde mi abogado confirmó que Adrian había recibido formalmente la notificación del procedimiento.

Ya no quedaban veintinueve días.

Quedaban diecisiete.

Y el hombre con quien había aceptado empezar una nueva vida no me presionaba.

Julian Mercer había sido mi compañero de residencia.

Sabía de Adrian.

Sabía de mis pérdidas.

Y cuando meses atrás me dijo que llevaba años queriéndome, lo rechacé.

Tres días después de perder a mi tercer bebé, volvió a escribir:

«No voy a pedirte que me elijas mientras estés herida. Solo quiero que sepas que, si algún día eres libre y todavía quieres una familia, yo no tendría miedo de construirla contigo».

Por eso había respondido que sí.

No era una boda inmediata.

Era una promesa de futuro.

Por primera vez, alguien me ofrecía tiempo en lugar de exigirme sacrificios.

El día dieciséis, Sophie apareció en mi consulta.

Entró sin cita.

Llevaba un vestido blanco y el bebé en brazos.

—Doctora Bennett.

—¿Qué necesitas?

Sonrió.

—Solo quería agradecerte.

Dejó una invitación sobre mi escritorio.

Era una celebración de bienvenida para el bebé.

En la portada aparecían los nombres de Sophie y Adrian como padres.

—Adrian quiere que vengas.

—Estaré trabajando.

—Qué pena.

Su sonrisa se hizo más dulce.

—También quería decirte que no debes preocuparte. Cuando él vuelva contigo, yo no interferiré demasiado.

La miré.

—¿Demasiado?

—Los niños necesitarán a su padre.

—Naturalmente.

—Y Adrian siempre será responsable de nosotros.

—Eso deberías hablarlo con él.

Sophie pareció decepcionada.

Había venido buscando celos.

No encontró ninguno.

Entonces vio sobre mi mesa una pequeña caja.

Dentro había un anillo.

No era de compromiso.

Era una antigua joya de mi madre que acababa de recuperar de la caja fuerte.

Pero Sophie interpretó lo que quiso.

—¿Quién te dio eso?

—No es asunto tuyo.

Su expresión cambió.

—¿Estás viendo a alguien?

Antes de responder, la puerta se abrió.

Adrian.

Había llegado para buscarla.

Escuchó la última pregunta.

—¿Viendo a quién?

Sophie señaló la caja.

—Tiene un anillo.

Adrian se acercó.

—Claire.

Cerré la caja.

—Era de mi madre.

Se relajó inmediatamente.

Y entonces cometió el error de sonreír.

—Sabía que no harías algo así.

Lo miré.

—¿Algo como qué?

—Buscar otro hombre mientras seguimos casados.

Durante varios segundos no pude creer la ironía.

Sophie tampoco pareció encontrarla extraña.

—Adrian, tú tienes siete hijos con siete mujeres.

—Eso es diferente.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba herederos.

Mi voz se volvió fría.

—Y yo necesitaba un marido.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué significa eso?

—Exactamente lo que he dicho.

Aquella noche Adrian llegó a mi apartamento.

Ya no vivíamos realmente juntos desde hacía meses, aunque él todavía tenía llave.

Intentó abrir.

No pudo.

Había cambiado la cerradura.

Golpeó durante cinco minutos.

Finalmente abrí.

—¿Cambiaste la cerradura?

—Sí.

—Esta también es mi casa.

—No. Era mía antes del matrimonio.

Se quedó mirándome.

Entonces vio las cajas detrás de mí.

Había empezado a retirar sus pertenencias.

—¿Qué estás haciendo?

—Preparándolas para que las recojas.

Su rostro perdió color.

—Claire, deja de actuar.

—No estoy actuando.

—Firmaste porque te lo pedí.

—Sí.

—¡Era un divorcio temporal!

—No existe tal cosa.

Adrian se quedó inmóvil.

Por primera vez vi auténtica incertidumbre en sus ojos.

—Llama a tu abogado.

—¿Para qué?

—Pregúntale cuándo se hace definitivo.

Sacó inmediatamente el teléfono.

No esperé.

Cerré la puerta.

Veinte minutos después comenzó a llamar.

Una vez.

Cinco.

Doce.

Después llegó un mensaje.

«¿POR QUÉ MI ABOGADO DICE QUE NO HAS SOLICITADO SUSPENDER EL PROCEDIMIENTO?»

Otro.

«Claire, abre la puerta».

Luego:

«Tenemos que hablar AHORA».

No respondí.

A la mañana siguiente me esperaba frente al hospital.

Parecía no haber dormido.

—Cancélalo.

—No.

—Claire.

—Tengo pacientes.

Se puso delante de mí.

—¿Por Julian Mercer?

Me detuve.

No sabía cómo había descubierto su nombre.

—¿Revisaste mi teléfono?

—Sophie te vio cenando con él anoche.

Comprendí.

Julian había venido al hospital para entregarme unos documentos.

Habíamos tomado café durante veinte minutos.

—No importa por quién.

—Claro que importa.

Adrian tenía los ojos enrojecidos.

—Eres mi esposa.

—Durante dieciséis días más.

Aquella frase lo destruyó.

—No puedes hablar en serio.

—Nunca he hablado más en serio.

—Yo te salvé.

El pasado apareció entre nosotros.

Dieciocho años.

Sangre en el rostro de Adrian.

Su brazo roto.

Su promesa.

Sentí dolor.

Pero ya no obediencia.

—Sí.

Asentí.

—Y pasé diez años intentando pagar aquella deuda.

—No era una deuda.

—La convertiste en una.

Su expresión se quebró.

—Te di una familia.

—Me diste siete recordatorios de que la familia que querías no me incluía.

—¡Porque tú no podías tener hijos!

Entonces saqué de mi bolso el informe genético.

Se lo entregué.

Adrian leyó.

Una vez.

Después otra.

Su rostro comenzó a palidecer.

—¿Qué significa esto?

—Que nunca fui estéril.

—Pero perdimos tres…

—Porque nuestra combinación genética presenta un riesgo extremadamente alto. Los especialistas nos recomendaron otras opciones hace años.

Le temblaron las manos.

—Nunca me dijiste…

Lo miré con incredulidad.

—Estabas conmigo cuando el genetista lo explicó.

Adrian dejó de respirar.

Lo había olvidado.

Como había olvidado el nombre de nuestro primer hijo.

Como había olvidado tantas cosas que me habían destruido mientras él perseguía herederos.

—Claire…

Recuperé el informe.

—Tengo treinta y siete años. Todavía puedo formar una familia.

Su mirada cambió.

—¿Con Mercer?

No respondí.

Y mi silencio le dio la respuesta que más temía.

Aquella tarde Sophie llamó diecinueve veces.

No contesté.

Al día siguiente llegó al hospital llorando.

—¡Tienes que detenerlo!

—¿Qué ocurrió?

—Adrian quiere una prueba de paternidad.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué?

—¡Por tu culpa!

—Yo no le dije nada sobre tu hijo.

Sophie apretó los dientes.

—Está pidiendo pruebas para todos.

Los siete niños.

Sentí un escalofrío.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

—¡Claro que sí! Desde que supo que puedes tener hijos se volvió loco.

Entonces mi teléfono vibró.

Era Adrian.

Esta vez había adjuntado una fotografía.

Siete sobres de laboratorio.

Debajo escribió:

«Necesito saber la verdad antes de perderte».

Bloqueé el número.

Tres días después, mi abogado llamó.

—Claire, tenemos un problema.

—¿Adrian está intentando impugnar el divorcio?

—Sí, pero no es eso.

Su tono me hizo incorporarme.

—Entonces ¿qué?

—Su abogado presentó documentación relacionada con los siete menores.

—¿Y?

Hubo una pausa.

—Ya llegaron los primeros resultados de paternidad.

Cerré los ojos.

—No quiero saberlo.

—Creo que necesitas saber esto.

—¿Por qué?

—Porque Adrian acaba de solicitar que se suspendan varias transferencias patrimoniales hechas a nombre de esos niños.

Mi mano se quedó inmóvil.

—¿Qué encontraron?

Mi abogado respiró lentamente.

—Claire…

—El primer niño analizado no es hijo de Adrian.

Silencio.

—Y tampoco el segundo.

Abrí los ojos.

—¿Qué?

—Hay algo más.

Escuché papeles.

—El laboratorio detectó una coincidencia familiar inesperada.

—¿Con quién?

Mi abogado tardó demasiado en contestar.

Con alguien de la familia Cole.

Y entonces comprendí que el divorcio que Adrian había tratado como una actuación acababa de abrir una verdad capaz de destruir mucho más que nuestro matrimonio.

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