—Mariana… todavía te amo.
Durante unos segundos fui incapaz de respirar.
Treinta años desaparecieron de golpe.
Volví a tener veintidós.
Volví a aquella pequeña cafetería cerca de la universidad donde Alejandro y yo compartíamos un café porque ninguno tenía dinero para pedir dos.
Volví a recordar sus manos manchadas de tinta, sus planes imposibles, la promesa que me hizo una noche bajo la lluvia.
Y también recordé cómo terminó.
—Alejandro…
Ricardo apareció entre nosotros.
—Señor Valdés, creo que existe una confusión.
Alejandro finalmente apartó los ojos de mí.
—¿Quién es usted?
La humillación fue perfecta.
Ricardo había pasado semanas preparándose para aquel encuentro.
—Ricardo Salazar. Director de operaciones.
Alejandro lo observó apenas un segundo.
—Ah.
Nada más.
Paola intervino rápidamente.
—El señor Salazar es uno de los ejecutivos más importantes de la división.
Alejandro volvió a mirarme.
—¿Lo conoces?
El silencio se hizo insoportable.
—Es mi esposo.
El rostro de Alejandro perdió toda emoción.
Ricardo recuperó inmediatamente algo de seguridad.
Me rodeó la cintura.
—Doce años de matrimonio.
Su mano apretó demasiado.
Una advertencia.
Alejandro la vio.
—Quite la mano.
Ricardo soltó una risa nerviosa.
—Perdón, pero ella es mi mujer.
—Y eso no convierte su brazo en propiedad suya.
Algunas personas bajaron la mirada para ocultar sus reacciones.
Yo aparté la mano de Ricardo.
—Necesito aire.
Caminé hacia una terraza lateral.
Alejandro me siguió, pero mantuvo distancia.
—Pensé que estabas muerto —dije.
Sus ojos se abrieron.
—¿Qué?
—Después de que te fuiste a Monterrey, recibí una carta.
—Yo nunca fui a Monterrey.
Lo miré.
Alejandro negó lentamente.
—Mariana, me fui a Estados Unidos durante seis meses para conseguir financiación. Te escribí cada semana.
Sentí frío.
—Nunca recibí nada.
—Cuando regresé, tu madre me dijo que te habías comprometido.
—Mi madre murió pensando que tú me habías abandonado.
Alejandro cerró los ojos.
—Entonces nos mintieron a los dos.
Sacó una cartera y extrajo una fotografía vieja.
Éramos nosotros.
Veintidós años.
Sentados en las escaleras de la universidad.
—La llevé conmigo treinta años.
No supe qué responder.
—¿Por qué me buscaste ahora?
—Porque hace tres meses encontré algo.
Su voz cambió.
—Un antiguo socio de mi padre murió. Su familia me entregó documentos que él había conservado durante décadas.
—¿Qué documentos?
Antes de responder, la puerta de la terraza se abrió.
Ricardo.
—Mariana, nos vamos.
—No.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—Que no.
—Estás haciendo una escena.
Alejandro lo miró.
—La única persona haciendo una escena es usted.
Ricardo respiró hondo.
—Señor Valdés, respeto mucho su posición, pero esto es un asunto privado.
—Curioso.
Alejandro metió una mano en el bolsillo.
—Porque mañana tenía previsto hablar con usted de un asunto empresarial bastante poco privado.
La cara de Ricardo cambió.
—¿Conmigo?
—Con auditoría interna.
Paola apareció detrás de él.
Y entonces la seguridad desapareció también de su rostro.
Alejandro observó a ambos.
—P&R Consultores. ¿Les resulta familiar?
Ricardo palideció.
Yo no dije nada.
Paola respondió demasiado rápido.
—Es uno de nuestros proveedores.

—Una empresa registrada hace dieciocho meses —continuó Alejandro—, sin empleados declarados y que ha facturado cantidades considerables por servicios difíciles de verificar.
Ricardo me miró.
Comprendió inmediatamente.
—¿Tú le dijiste?
—No.
Era verdad.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Mariana sabía?
Solté una respiración lenta.
—Encontré irregularidades hace meses.
Ricardo apretó los dientes.
—Solo son gastos operativos.
—Entonces no tendrás problema en explicarlos.
—¡Cállate!
La palabra resonó en la terraza.
Alejandro se quedó completamente quieto.
—No vuelva a hablarle así delante de mí.
Ricardo se volvió hacia él.
—Ella no entiende cómo funciona una empresa de este tamaño.
Aquello casi me hizo reír.
Doce años.
Doce años corrigiendo sus errores.
—¿Quieres contarle quién encontró el desfase de cuatro millones en la división norte?
Ricardo calló.
—¿O quién reconstruyó el modelo financiero después de que vuestro equipo duplicara obligaciones?
Paola me miró.
—Eso no demuestra nada.
—Tengo los archivos originales.
Su expresión cambió.
—Con historial de edición.
Ricardo se acercó.
—Mariana, cuidado.
—También tengo las facturas de P&R.
Ahora sí perdió el control.
—¡Revisaste mis archivos!
—Revisé las cuentas que pagabas con dinero de nuestro matrimonio.
Alejandro no dijo nada durante unos segundos.
Después sacó su teléfono.
—Señor Ortega.
Esperó.
—Suspenda cualquier decisión sobre promociones de la división de Salazar hasta terminar la auditoría.
Ricardo abrió los ojos.
—¡No puede hacer eso!
Alejandro terminó la llamada.
—Acabo de hacerlo.
Ricardo me miró con odio.
—Todo esto por una aventura de hace treinta años.
Algo dentro de mí se endureció.
—No.
Me quité lentamente su mano cuando intentó agarrarme otra vez.
—Esto es por doce años tratándome como si fuera demasiado insignificante para darme cuenta de quién eres.
Paola desapareció hacia el salón.
Ricardo fue detrás de ella.
Pero antes de marcharse se volvió.
—Cuando llegues a casa hablaremos.
Lo miré.
—No estoy segura de volver.
Por primera vez, pareció asustado.
Alejandro y yo permanecimos solos.
—No quería que ocurriera así —dijo.
—¿Qué querías?
—Encontrarte.
Sacó un sobre del interior de su chaqueta.
—Y entregarte esto.
Dentro había varias cartas amarillentas.
Reconocí inmediatamente la letra de mi madre.
La primera estaba dirigida a Alejandro.
Nunca había sido enviada.
La segunda también.
En la tercera aparecía un nombre que no conocía.
Ernesto Salazar.
Sentí que algo me atravesaba.
—Salazar…
Alejandro asintió.
—El padre de Ricardo.
Lo miré.
—Eso es imposible.
—Mi padre y Ernesto fueron socios.
Sacó otro documento.
—Treinta años atrás estaban negociando una inversión. Después ocurrió algo. Mi padre perdió casi todo y Ernesto desapareció con documentación importante.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
Alejandro señaló una carta.
La abrí.
La letra de mi madre temblaba sobre el papel.
«Mariana no puede saber todavía lo que hiciste. Si descubre que interceptaste las cartas de Alejandro y falsificaste la respuesta, jamás te perdonará.»
Tuve que leerla dos veces.
—¿A quién se lo escribió?
Alejandro señaló el encabezado.
Ernesto Salazar.
Las piernas casi me fallaron.
—El padre de Ricardo nos separó.
—Eso parece.
—Pero yo ni siquiera conocía a Ricardo entonces.
—Exactamente.
Aquello era lo que no encajaba.
Alejandro sacó la última hoja.
—Por eso seguí investigando.
Era una copia de un registro corporativo antiguo.
Había nombres, participaciones y firmas.
La última firma era de mi madre.
—¿Qué es esto?
—Una empresa que mi padre creó antes de perderlo todo.
Miré el porcentaje junto al nombre de mi madre.
Treinta y cinco por ciento.
—No entiendo.
Alejandro habló despacio.
—Tu madre financió parte del primer negocio de mi padre.
—Ella era maestra.
—Y heredó un terreno que vendió en secreto.
Sentí que todo mi pasado se movía bajo mis pies.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—Eso todavía no lo sé.
Mi teléfono vibró.
Ricardo.
No contesté.
Llegó un mensaje.
«No firmes nada que te dé Valdés.»
Después otro.
«Mariana, no sabes quién es realmente ese hombre.»
Alejandro leyó mi expresión.
—¿Qué pasa?
Le mostré el teléfono.
Su rostro se endureció.
Entonces llegó una fotografía enviada por Ricardo.
Era una página de un documento antiguo.
Debajo escribió:
«Pregúntale a Alejandro por qué su padre pagó a tu madre dos semanas antes de desaparecer.»
Levanté los ojos.
Alejandro estaba pálido.
—¿Qué significa esto?
No respondió.
—Alejandro.
—Mariana, hay algo que todavía no te he contado.
—¿Qué?
Miró hacia el salón, como si comprobara que nadie pudiera escucharnos.
—Yo no vine a esta fiesta únicamente porque sabía que estabas aquí.
Sentí que el corazón comenzaba a golpearme.
—Entonces ¿por qué?
Alejandro abrió la última carpeta.
Dentro había una copia de mi acta de nacimiento.
Junto a ella, una prueba genética reciente.
Y debajo, una fotografía de mi madre sosteniendo a un recién nacido junto al padre de Alejandro.
—Encontré esto hace tres meses.
Retrocedí.
—¿Qué estás diciendo?
Alejandro no respondió inmediatamente.
Sus ojos estaban llenos de algo que ya no parecía amor.
Parecía miedo.
Finalmente señaló el nombre escrito detrás de la fotografía.
Y cuando lo leí, comprendí que Alejandro no llevaba treinta años buscándome únicamente porque hubiera sido la mujer que amó.
Había descubierto un secreto sobre mi nacimiento.
Un secreto que conectaba a mi madre, a su padre y a la familia de Ricardo mucho antes de que mi esposo y yo siquiera nos conociéramos.