Parte 2: EL MATRIMONIO QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR

Adrian dio un paso hacia la puerta de seguridad.

Mi hermana lo sujetó con fuerza del brazo.

—No lo hagas.

Él se soltó inmediatamente.

—Ya esperé demasiado.

Yo no escuché aquella conversación.

El vehículo oficial ya nos llevaba hacia el hotel.

Cinco minutos después recibí una llamada de un número desconocido.

No contesté.

Volvió a sonar.

Y otra vez.

Finalmente lo bloqueé.

Mia levantó una ceja.

—¿Adrian?

Asentí sin mirar la pantalla.

—Tres años tarde.

Aquella tarde acudí sola al cementerio donde descansaba mi padre.

Había flores frescas.

Me sorprendió.

Yo llevaba tres años sin regresar.

El cuidador se acercó lentamente.

—¿Es usted la doctora Bennett?

—Sí.

Sonrió con respeto.

—El señor Cole viene todas las semanas.

Sentí un ligero sobresalto.

—¿Adrian?

—Sí.

Nunca falta.

Trae flores.

Limpia la lápida.

Y habla con su padre durante casi una hora.

Guardé silencio.

—¿Sabe qué le dice?

El anciano negó con tristeza.

—No escucho conversaciones ajenas.

Pero siempre se marcha llorando.

No respondí.

Solo dejé el ramo blanco sobre la tumba.

—Papá…

Ya volví.

Perdón por tardar tanto.

Cuando me levanté, vi una pequeña caja metálica escondida detrás de la lápida.

El cuidador sonrió.

—Eso también la dejó él.

La abrí lentamente.

Dentro había treinta y seis sobres.

Uno por cada mes desde mi partida.

Todos llevaban escrita la misma frase.

“Para Elena.”

No abrí ninguno.

Los guardé en mi bolso.

Aquellas cartas pertenecían al pasado.

Y yo había venido para cerrar precisamente ese capítulo.

Al salir del cementerio, encontré a Adrian esperándome junto a su automóvil.

Parecía más delgado.

Más cansado.

Pero seguía siendo él.

—Elena…

Pronunció mi nombre con la misma voz que tantas veces había imaginado.

—Solo necesito cinco minutos.

Lo miré serenamente.

—No.

Su respiración se cortó.

—Por favor.

—Durante ocho años fui yo quien pidió cinco minutos.

Nunca los tuviste.

Bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Ahora tampoco los tengo yo.

Di un paso para marcharme.

Él habló antes de que pudiera alejarme.

—No me casé con tu hermana porque dejara de amarte.

Me detuve.

No por interés.

Sino porque aquella frase era demasiado absurda.

Giré lentamente.

—¿Entonces por qué lo hiciste?

Adrian cerró los ojos.

No respondió.

En ese momento apareció mi hermana.

Llevaba el rostro completamente pálido.

—Basta.

Miró desesperadamente a Adrian.

—Se lo prometiste.

Él negó con la cabeza.

—Ya no puedo seguir mintiendo.

Mi hermana comenzó a llorar.

—Si ella lo descubre…

Nos odiará para siempre.

Fruncí el ceño.

—¿Descubrir qué?

Los dos permanecieron en silencio.

Finalmente fue mi hermana quien habló.

—Tres años atrás…

Papá estaba muriendo.

Los médicos necesitaban autorizar un tratamiento experimental.

Tú ya estabas en el extranjero presentando el examen que decidiría toda tu carrera.

No lograban localizarte.

Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.

—¿Y?

—Papá sabía que no quería que abandonaras ese examen.

Nos hizo prometer que no te llamaríamos.

Respiré lentamente.

Aquello ya lo sabía.

Mi hermana continuó.

—Pero ocurrió algo más.

Miró a Adrian.

Él bajó la cabeza.

—Papá descubrió que yo tenía una enorme deuda de juego.

Si no pagaba antes de una semana…

Perdería la casa donde vivía con mamá.

La miré sin comprender.

—¿Qué tiene que ver eso con Adrian?

Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.

—Papá le pidió un favor.

Adrian cerró los ojos.

—Me pidió que me casara con ella.

El silencio fue absoluto.

Pensé que había escuchado mal.

—¿Qué?

Adrian habló con enorme dificultad.

—Tu padre creía que, si tú seguías enamorada de mí, jamás aceptarías la beca en Zúrich.

Pensaba que sacrificarías tu futuro por quedarte.

Y también quería proteger a tu hermana de los acreedores.

Por eso…

Respiró profundamente.

—Me pidió que desapareciera de tu vida para siempre.

Sentí que el mundo entero se detenía.

—No.

Susurré.

—Eso es imposible.

Mi hermana sacó lentamente un sobre amarillento.

—Papá escribió una carta.

Nunca tuve valor para entregártela.

La puso entre mis manos.

Reconocí inmediatamente la letra.

Temblando, rompí el sello.

Solo necesité leer las primeras líneas para sentir que las piernas dejaban de sostenerme.

“Hija…”

“Cuando leas esto, probablemente me odiarás por haber separado a dos personas que se querían.”

“Pero preferí que perdieras un amor antes que perder toda tu vida.”

Las lágrimas comenzaron a nublar las palabras.

Seguí leyendo.

Hasta llegar al último párrafo.

Entonces levanté lentamente la vista hacia Adrian.

Porque la carta terminaba con una confesión que ninguno de los dos esperaba.

“Si algún día Elena regresa y todavía sigue libre…”

“Dile la verdad.”

“Porque el único error que cometí fue creer que el tiempo lograría que dejaran de amarse.”

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