Las palabras del doctor dejaron el pasillo completamente inmóvil.
—Encontramos una incompatibilidad genética que hace imposible que Iván Salgado sea el padre biológico de Mateo… pero el verdadero padre sí pertenece a la familia Salgado.
Marisol sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
—Eso no puede ser…
Ofelia dio un paso hacia el médico.
—Está equivocado. Repita ese examen.
El doctor Ramírez negó con serenidad.
—Se realizó dos veces para descartar un error en la muestra. Los resultados coinciden.
El abogado Fuentes levantó la vista.
—¿Qué significa exactamente “pertenece a la familia Salgado”?
El médico abrió la carpeta.
—El estudio revela un parentesco de primer grado con el supuesto padre. En términos sencillos, el verdadero padre comparte la misma línea genética directa.
Ofelia perdió el color del rostro.
Por primera vez desde que había llegado al hospital, dejó de hablar.
Alejandro observó aquel cambio con atención.
—Usted ya sabía algo, ¿verdad?
—No diga tonterías.
Pero su voz ya no sonaba firme.
En ese momento, un hombre de cabello completamente blanco apareció al final del pasillo.
Vestía un traje oscuro y caminaba apoyándose en un bastón.
Al verlo, Ofelia quedó paralizada.
—Ernesto… ¿qué haces aquí?
El recién llegado ignoró la pregunta.
Miró directamente al doctor.
—Recibí su llamada. Soy Ernesto Salgado.
El silencio se volvió insoportable.
El doctor respiró hondo.
—Señor Salgado, necesitamos hacerle una pregunta muy delicada.
Ernesto asintió.
—Adelante.
—¿Existe la posibilidad de que algún otro miembro de su familia, además de Iván, pudiera ser el padre del menor?
Antes de que Ernesto respondiera, Ofelia gritó desesperada.
—¡No contestes!
Aquella reacción hizo que todos la miraran.
Ernesto cerró lentamente los ojos.
Parecía haber comprendido algo que llevaba años oculto.
—Hace seis meses —dijo con voz cansada— encontré unos mensajes entre Iván y mi sobrino Daniel. Discutían por una mujer llamada Marisol. Cuando pregunté, ambos aseguraron que era un asunto de trabajo y decidí creerles.
Marisol sintió un escalofrío.
Daniel.
El nombre despertó un recuerdo que llevaba meses intentando borrar.
Un cliente elegante que había insistido en llevarla a casa después de una fiesta organizada por la familia Salgado.
La noche terminaba envuelta en imágenes confusas, una bebida cuyo sabor nunca olvidó y un despertar lleno de lagunas que atribuyó al agotamiento.
Nunca volvió a verlo.
Alejandro advirtió cómo cambiaba su expresión.

—¿Lo recuerdas?
Marisol apenas pudo asentir.
El abogado Fuentes cerró la carpeta con firmeza.
—Doctor, además de salvar la vida del niño, será necesario preservar todas las muestras biológicas.
—Ya di la orden —respondió Ramírez—. Nadie podrá manipularlas.
Ernesto se volvió hacia Marisol con una mezcla de vergüenza y dolor.
—Si mi familia te hizo daño, descubriré toda la verdad.
Pero antes de que alguien pudiera responder, dos agentes de la Policía de Investigación entraron al hospital mostrando sus identificaciones.
El mayor de ellos se dirigió directamente al doctor.
—Venimos por una denuncia recién presentada.
Luego miró fijamente a Ernesto Salgado.
—Necesitamos hablar con usted… porque el nombre de Daniel Salgado acaba de aparecer en otro expediente abierto hace cuatro años por una agresión que nunca pudo probarse.