Ximena dio media vuelta.
—Espera.
La niña se detuvo sin mirarme.
La culpa me cayó encima de golpe.
Yo había llegado furioso con mi madre y acababa de descargarlo sobre una niña de trece años.
—No debí gritarte.
—Está bien.
—No, no está bien.
Ximena apretó las correas de su mochila.
—La abuela siempre decía que cuando usted descubriera todo se iba a enojar.
Aquella frase me hizo fruncir el ceño.
—¿Todo qué?
La niña levantó finalmente la mirada.
—Lo de su cuarto.
Caminó por el pasillo.
La seguí.
Mi antigua habitación había cambiado. Había una cama individual con una colcha amarilla, libros escolares y una pequeña lámpara.
Pero Ximena no señaló nada de eso.
Se arrodilló y sacó una caja de plástico debajo de la cama.
—La abuela dijo que esto era suyo.
Dentro había cientos de recibos.
Los primeros eran normales.
Uniformes.
Zapatos.
Medicamentos.
Colegiaturas complementarias.
Después encontré depósitos.
1,500 pesos.
2,000 pesos.
3,200 pesos.
Todos enviados a una cuenta que no reconocía.
—¿Qué es esto?
Ximena bajó la cabeza.
—Mi abuela ahorraba parte de lo que usted mandaba.
—¿Para quién?
—Para usted.
Me quedé mirándola.
—Eso no tiene sentido.
Ximena abrió un cuaderno.
Era la letra de Teresa.
Cada página contenía cantidades.
Daniel mandó 8,000.
Gastamos 4,730.
Guardar 3,270.
Mes tras mes.
Año tras año.
Mi madre no había gastado todo mi dinero.
Había guardado una parte en secreto.
—¿Por qué?
—Decía que usted creía que la mantenía, pero que algún día necesitaría regresar a casa.
Me senté en la cama.
Durante siete años había pensado que era el hijo responsable que financiaba la vida de su madre.
Ahora descubría que Teresa había vivido con menos para reservar dinero para mí.
Entonces vi otro sobre.
En el frente decía:
PARA LOS ESTUDIOS DE XIMENA.
Lo abrí.
Había estados de cuenta.
—¿También ahorraba para ti?
Ximena asintió.
—Quería que estudiara enfermería.
—¿Cuánto hay?
—No sé.
Sí sabía.
Solo le daba vergüenza decirlo.
Seguí revisando.
Entonces encontré algo que no pertenecía allí.
Una fotografía.
Mi madre aparecía junto a Lupita Salgado.
Entre ellas había un hombre.
Yo.
Tenía diecisiete años.
—Conocías a mi mamá —dijo Ximena.
—Claro. Lupita vivía tres calles abajo.
Habíamos crecido juntos.
Pero aquello no explicaba por qué Teresa había convertido a su hija en parte de nuestra familia.
Ximena sacó otro sobre.
—La abuela dijo que nunca abriera esto.
—¿Entonces por qué me lo das?
—Porque está en el hospital.
Me lo entregó.
DANIEL.
Abrí la carta.
Hijo: si estás leyendo esto, seguramente ya conociste a Ximena.
Seguí.
Sé que estás enojado porque te mentí. Pero antes de juzgarme, necesito que recuerdes el verano en que tenías veinte años.
Mi respiración se detuvo.
Veinte años.
Querétaro.
Mi primer empleo.
Y Lupita.
Recordé una noche que llevaba años enterrando.
Antes de mudarme, Lupita y yo habíamos sido inseparables.
No exactamente novios.
Tampoco simples amigos.
Habíamos cometido el error de creer que algunas despedidas no tenían consecuencias.
Miré a Ximena.
Trece años.
Hice cuentas.
No.
Las fechas no coincidían.
Sentí alivio.
Hasta que seguí leyendo.
No, Daniel. Ximena no es tu hija.
Solté el aire.
Mi madre me conocía demasiado bien.
Pero la siguiente frase fue peor.
Es hija de Mauricio.
Me quedé inmóvil.
Mauricio Hernández.
Mi hermano mayor.
El hermano del que nadie hablaba desde hacía quince años.

—¿Tú conoces a Mauricio? —pregunté.
Ximena negó.
—La abuela nunca me dijo quién era mi papá.
Volví a la carta.
Tu hermano regresó al pueblo en secreto mientras tú estabas en Querétaro. Él y Lupita estuvieron juntos. Cuando ella quedó embarazada, Mauricio prometió hacerse responsable.
Me levanté.
—No puede ser.
Mauricio había desaparecido después de una pelea brutal con nuestro padre.
Nos dijeron que se había ido al norte.
Nunca volvió.
Cuando nació Ximena, Mauricio ya se había marchado. Lupita me pidió que no te contara nada. Sabía que intentarías encontrarlo.
Las manos comenzaron a temblarme.
Entonces comprendí por qué mi madre había escrito “hermano de Ximena” en la ficha escolar.
No era una mentira improvisada.
Era una verdad incompleta.
Yo era su tío.
Miré a Ximena.
Ella estaba llorando.
—¿Soy familia suya?
No supe qué decir.
Así que hice algo que no había hecho desde que llegué.
Me acerqué.
—Sí.
Su barbilla tembló.
—¿Entonces no me va a mandar al albergue?
Aquella pregunta me destrozó.
—No voy a decidir nada sin hablar contigo y con mi mamá.
Pero la niña se aferró a mi camisa.
Y entendí cuánto miedo había cargado en silencio.
Regresamos al hospital esa tarde.
Dejé la carta sobre la cama de Teresa.
—¿Mauricio es su padre?
Mi madre cerró los ojos.
—Sí.
—¿Por qué me mentiste cinco años?
—Porque prometí protegerla.
—¡Yo también era tu hijo!
—Precisamente.
Teresa me miró.
—Si te lo decía, ibas a buscar a Mauricio.
—Claro que sí.
—Y eso era lo que no podía permitir.
Me quedé quieto.
—¿Por qué?
Mi madre miró hacia la puerta.
Ximena esperaba afuera.
—Porque tu hermano no desapareció.
Sentí frío.
—¿Qué?
—Sé dónde está.
Todo lo que creía sobre mi familia volvió a romperse.
—¿Dónde?
Teresa comenzó a llorar.
—Daniel, Lupita no murió en un accidente cualquiera.
—¿Qué estás diciendo?
—Antes de morir vino a verme.
Apreté el borde de la cama.
—¿Qué te dijo?
—Que Mauricio había regresado.
—¿Y?
Mi madre tomó mi mano.
—Que quería llevarse a Ximena.
—¿Por qué nunca acudiste a mí?
—Porque para entonces él ya sabía dónde trabajabas, cuánto ganabas y cuánto dinero me enviabas.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Cómo podía saber eso?
Teresa señaló débilmente mi teléfono.
—Porque durante años alguien le estuvo contando todo.
En ese instante Ximena apareció en la puerta.
Tenía mi celular en las manos.
—Daniel…
Su rostro estaba blanco.
—Acaba de llegar un mensaje.
Tomé el teléfono.
Número desconocido.
Solo había una fotografía.
Ximena saliendo de la secundaria aquella misma semana.
Debajo, una frase:
“Ya conociste a mi hija. Ahora dile a Teresa que se acabaron los cinco años que le regalé.”
Levanté la mirada hacia mi madre.
—¿Mauricio?
Teresa negó lentamente.
—Ese es el problema.
—¿Qué problema?
Sus labios temblaron.
—Mauricio murió hace tres años.