Parte 2: LA HERENCIA QUE PODÍA CONVERTIRSE EN UNA SENTENCIA

La punta de la pluma permaneció suspendida sobre el último documento durante tres segundos.

Arturo respiró con dificultad.

El notario observó al médico especialista, que volvió a revisar los parámetros del monitor antes de asentir.

—Está consciente, orientado y comprende perfectamente las consecuencias jurídicas de lo que está firmando.

Arturo dejó caer la pluma sobre el papel.

La última firma quedó hecha.

El abogado, Ernesto Salcedo, guardó inmediatamente los documentos en una carpeta negra.

—Desde este momento, Mariana deja de ser beneficiaria principal de su patrimonio.

Diego seguía junto a la puerta, pálido.

Todavía parecía incapaz de comprender que un hombre al que apenas conocía acababa de poner bajo un fideicomiso controlado por él una fortuna de 82 millones de dólares.

—Don Arturo, yo…

—No agradezcas todavía —murmuró Arturo—. Primero tenemos que sobrevivir.

Ernesto se inclinó hacia la cama.

—Hay otra cuestión.

Sacó una memoria pequeña.

—La grabación de su esposa es importante, pero necesitamos demostrar que realmente recibió dosis indebidas de digoxina.

El especialista intervino.

—Ya ordené nuevos análisis toxicológicos. También pedí conservar todas las muestras anteriores.

Arturo cerró los ojos.

Por primera vez desde que Mariana había confesado, sintió algo parecido a esperanza.

Pero duró poco.

La puerta se abrió.

Mariana apareció con un abrigo beige, gafas oscuras y una bolsa de diseñador.

Se detuvo al ver tanta gente.

—¿Qué está pasando?

Nadie respondió inmediatamente.

Sus ojos recorrieron la habitación hasta detenerse en Diego.

Después miró el portafolio.

—Arturo, cariño, ¿qué haces?

Arturo fingió agotamiento.

Ernesto se levantó.

—Solo estamos revisando asuntos administrativos.

Mariana sonrió, pero sus dedos se tensaron alrededor de la bolsa.

—Mi esposo está muriendo. No creo que sea momento de molestarlo con papeles.

—Precisamente por eso vine.

Ella sostuvo la mirada del abogado.

—Quiero hablar a solas con mi marido.

—No —respondió Arturo.

Una sola palabra.

Débil.

Pero suficiente.

Mariana se quedó inmóvil.

Durante años Arturo había cedido ante sus caprichos. Aquella negativa pareció inquietarla más que cualquier grito.

—¿Qué dijiste?

—Estoy cansado. Vete.

Mariana miró el monitor y después al médico.

Finalmente sonrió.

—Claro, amor. Descansa.

Se acercó para besarlo.

Arturo giró el rostro.

La sonrisa de Mariana desapareció durante una fracción de segundo.

Solo Diego lo notó.

Cuando ella salió, Ernesto esperó unos instantes y cerró la puerta.

—Sospecha algo.

Arturo lo sabía.

Y Mariana no era una mujer que aceptara perder sin averiguar primero qué estaba ocurriendo.

Aquella tarde llegaron los resultados preliminares.

El especialista entró con una expresión que hizo incorporarse a Diego.

—Señor Méndez, encontramos concentraciones anormalmente elevadas.

Arturo apretó las sábanas.

—¿Puede probarse?

—Necesitamos más estudios, pero hay algo peor.

Colocó varios informes sobre la mesa.

—Revisé sus análisis de los últimos cuatro meses. Los niveles aumentaron progresivamente justo después de que su esposa comenzó a encargarse personalmente de su medicación.

Ernesto tomó fotografías de cada página.

—Con esto podemos solicitar intervención de la fiscalía.

Arturo negó lentamente.

—Todavía no.

Diego lo miró sorprendido.

—¿Por qué?

Arturo recordó las palabras de Mariana.

Rodrigo ya habló con un agente inmobiliario.

Eso significaba que Rodrigo sabía.

Quizá incluso había participado.

—Porque si Mariana cree que descubrimos todo, huirá.

Ernesto comprendió inmediatamente.

—Quiere que siga creyendo que usted va a morir.

Arturo lo miró.

—Quiero saber hasta dónde llega esto.

Dos días después, el hospital anunció a la familia que Arturo había empeorado.

La noticia viajó exactamente como él esperaba.

Mariana llamó a Rodrigo desde el estacionamiento.

No sabía que, por orden judicial, la investigación ya había comenzado discretamente.

—Máximo cuarenta y ocho horas —dijo ella.

Rodrigo guardó silencio.

—¿Estás segura?

—El médico prácticamente lo confirmó.

—Entonces tenemos que encontrar el testamento original.

Mariana frunció el ceño.

—Está en la caja fuerte.

—No. Revisé la copia que fotografiaste. Hay una cláusula de contingencia.

—¿Qué cláusula?

Rodrigo bajó la voz.

—Si existen indicios de muerte provocada, los bienes quedan congelados.

Mariana se detuvo.

Por primera vez, el miedo apareció realmente en su rostro.

—Eso no importa. Nadie sospecha.

—¿Y el abogado que estuvo ayer?

Mariana no contestó.

Rodrigo continuó:

—Tienes que averiguar qué firmó Arturo.

Esa noche volvió al hospital.

Entró sonriente, llevando sopa casera en un recipiente térmico.

—Te traje algo ligero.

Arturo la observó acercarse.

Sobre la mesa estaba su reloj inteligente.

Esta vez no grababa.

La policía había instalado un dispositivo mejor.

Mariana sirvió dos cucharadas.

—El médico dijo que debes comer.

Arturo miró la cuchara.

—No tengo hambre.

—Solo un poco.

—No.

Ella dejó la cuchara.

—Estás extraño.

Arturo sostuvo su mirada.

—Cuando un hombre sabe que va a morir, empieza a entender muchas cosas.

Mariana palideció ligeramente.

—¿Qué cosas?

—Quién lo quiso de verdad.

Silencio.

Ella volvió a sonreír.

—Yo siempre te he querido.

Arturo sintió una rabia tan profunda que casi olvidó el plan.

Pero cerró los ojos.

—Entonces quédate conmigo hasta el final.

Mariana le acarició el cabello.

—Claro.

Aquella misma madrugada, mientras Arturo dormía bajo vigilancia, Diego salió hacia la cafetería.

Al regresar encontró a Mariana hablando con una enfermera nueva.

—¿Quién es ella? —preguntó.

La enfermera habitual negó con la cabeza.

—No pertenece a este piso.

Diego corrió hacia la habitación.

La cama estaba vacía.

—¡Don Arturo!

Una alarma comenzó a sonar.

Dos guardias aparecieron al final del pasillo.

Entonces Diego vio el ascensor cerrándose.

Dentro estaba Arturo en una silla de ruedas.

Detrás de él, Mariana.

Y junto a ella, un hombre alto con chaqueta negra.

Diego reconoció inmediatamente su rostro por las fotografías que Ernesto le había mostrado.

Era Rodrigo.

—¡Detengan ese ascensor!

Diego corrió.

Las puertas casi se habían cerrado cuando Arturo levantó la cabeza.

Sus ojos encontraron los de Diego.

Y movió silenciosamente los labios.

“No llames a la policía.”

Diego frenó en seco.

No entendía.

Hasta que miró la mano de Arturo.

Entre sus dedos había una pequeña tarjeta roja.

La señal acordada con Ernesto.

Arturo no estaba siendo secuestrado.

Los estaba siguiendo voluntariamente.

Pero entonces Diego vio algo que nadie había previsto.

Rodrigo sacó discretamente un teléfono, escribió un mensaje y sonrió.

Segundos después, el móvil de Diego vibró.

Era Ernesto.

Solo había cuatro palabras:

“Traición. Alguien filtró el fideicomiso.”

Y mientras las puertas del ascensor se cerraban por completo, Diego comprendió la terrible verdad:

Mariana ya sabía que había perdido los 82 millones.

Y si aun así estaba llevándose a Arturo…

ya no necesitaba esperar cinco días para verlo morir.

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