La mujer que Adrián había buscado durante años llegó un martes a las cuatro de la tarde.
Se llamaba Valeria Beaumont.
Yo estaba en el salón revisando por tercera vez una lista de documentos que debía entregar al abogado cuando escuché un coche detenerse frente a la mansión.
Mateo salió corriendo antes de que nadie pudiera detenerlo.
—¡Mamá!
Me acerqué a la ventana.
Valeria acababa de bajar de un automóvil negro.
Era hermosa.
No de esa manera artificial que obligaba a mirar dos veces, sino con una elegancia natural que explicaba perfectamente por qué Adrián había pasado años intentando encontrarla.
Y sí.
Nos parecíamos un poco.
Pero solo un poco.
Tres partes de diez.
Recordé las palabras de Adrián y casi me dieron ganas de reír.
Mateo se lanzó hacia ella.
Valeria abrió los brazos.
Durante unos segundos contemplé aquella reunión desde la ventana y pensé que quizá debía sentir algo.
Celos.
Tristeza.
Humillación.
En cambio, mi primera idea fue:
Perfecto. Ahora solo falta que Adrián firme.
Subí a nuestra habitación, saqué una maleta que llevaba escondida desde hacía una semana y coloqué dentro mis últimas pertenencias.
No necesitaba llevarme mucho.
La mayoría de las joyas pertenecían a la familia Lancaster.
Los vestidos habían sido comprados para actos públicos.
Incluso el coche estaba registrado a nombre de una empresa de Adrián.
Yo solo quería mis libros, mi ropa y aquella vieja taza azul que Mateo había pintado para mí durante su primer año de primaria.
Me quedé mirando la taza.
Luego la envolví cuidadosamente.
—¿Te vas?
La voz de Mateo sonó detrás de mí.
Me giré.
Estaba en la puerta.
Su emoción de hacía unos minutos había desaparecido.
—No hoy —respondí.
—Pero estás haciendo una maleta.
No mentí.
—Tu madre ha regresado.
Mateo apretó los labios.
—Tú dijiste que siempre estarías aquí.
Aquello sí dolió un poco.
Me arrodillé frente a él.
—Dije que estaría contigo mientras me necesitaras.
—Todavía te necesito.
Antes de que pudiera responder, una voz femenina llegó desde el pasillo.
—Mateo.
Valeria estaba allí.
Sus ojos pasaron de mí a la maleta.
Después sonrió.
—Así que tú eres Elena.
—Sí.
—Adrián me habló de ti.
Aquello me sorprendió.
—¿De verdad?
—Dijo que cuidaste muy bien de Mateo.
La frase parecía amable.
Pero había algo extraño en su manera de decirla.
Como si estuviera agradeciendo a una empleada por mantener limpia una casa durante su ausencia.
No me molestó.
Después de todo, eso era prácticamente lo que había sido.
—Mateo es un niño maravilloso —respondí.
Valeria se acercó y tomó la mano de su hijo.
—Ahora podemos recuperar el tiempo perdido.
Sonreí sinceramente.
—Eso espero.
Fue entonces cuando apareció Adrián.
Se detuvo al ver mi maleta abierta.
Su expresión cambió.
—¿Qué estás haciendo?
—Preparándome.
—¿Para qué?
Lo miré, confundida por la pregunta.
—Para marcharme.
El silencio cayó sobre la habitación.
Valeria levantó ligeramente una ceja.

Mateo soltó su mano.
Adrián entró y cerró la puerta detrás de él.
—Nadie ha dicho que debas irte.
—No hace falta.
Abrí el cajón de la mesita y saqué una copia del contrato.
—Cláusula diecisiete.
Adrián ni siquiera miró el documento.
Me miró a mí.
—Te sabes el contrato de memoria.
—Por supuesto. Es la razón por la que estoy aquí.
Algo duro apareció en su rostro.
—¿Eso es lo único que significa para ti este matrimonio?
Por primera vez fui yo quien se quedó sin respuesta.
Porque la pregunta era absurda.
Habíamos establecido esas reglas juntos.
Él había elegido una sustituta.
Yo había aceptado el precio.
—Adrián —dije despacio—, tú mismo me dijiste que nunca me amarías.
Valeria bajó la mirada.
Mateo observaba a su padre.
Adrián permaneció inmóvil.
—Eso fue hace tres años.
—El contrato sigue siendo el mismo.
—Yo no.
La habitación pareció hacerse más pequeña.
Lo miré fijamente.
Adrián apretó la mandíbula, como si acabara de decir algo que no pretendía confesar.
Valeria rompió el silencio.
—Quizá deberíamos hablar todos como adultos.
Aquella noche cenamos juntos.
Fue posiblemente la cena más incómoda de mi vida.
Valeria ocupó el asiento frente a Adrián.
Mateo se sentó entre nosotros.
Yo había pedido al personal que preparara los platos favoritos de Valeria después de encontrar una vieja lista entre los documentos familiares.
Adrián observó la mesa.
—¿Quién organizó esto?
—Yo.
—¿Por qué?
—Pensé que sería agradable para Valeria.
Él dejó lentamente los cubiertos.
—Claro.
Valeria sonrió.
—Elena parece entender perfectamente la situación.
—Sí —respondió Adrián con frialdad—. Demasiado perfectamente.
Después de cenar, Valeria pidió hablar conmigo a solas.
Fuimos a la terraza.
La noche estaba fresca.
—No quiero que esto sea desagradable —dijo.
—Tampoco yo.
—Entonces entenderás que Mateo necesita recuperar a su verdadera familia.
—Lo entiendo.
Pareció desconcertada.
—¿No vas a luchar?
Casi me reí.
—¿Por Adrián?
—Por tu matrimonio.
—Valeria, mi matrimonio tiene fecha de vencimiento.
Ella me estudió durante unos segundos.
Entonces su expresión cambió.
La amabilidad desapareció.
—Bien.
Sacó algo de su bolso.
Era un sobre.
—Entonces firma esto.
Lo abrí.
No era el documento de terminación previsto en mi contrato.
Era una renuncia.
Una renuncia a una parte importante de mi compensación.
Levanté la mirada.
—Esto no corresponde al acuerdo.
—Sé perfectamente lo que corresponde.
—Entonces sabes que no voy a firmarlo.
Valeria sonrió.
—Pensé que no te importaba el dinero.
—Nunca he dicho eso.
Su sonrisa desapareció.
—Adrián cree que regresé porque quería recuperar a Mateo.
Sentí un escalofrío.
—¿No es así?
Valeria se acercó.
—Hace años me fui porque Adrián no quiso darme lo que pedía. Ahora las cosas son diferentes.
—¿Qué quieres?
Miró hacia el interior de la casa.
Adrián estaba ayudando a Mateo con una maqueta escolar.
La escena parecía extrañamente doméstica.
—Lo que siempre debió ser mío.
Entonces comprendí.
Valeria no había regresado por Mateo.
Había regresado porque Lancaster Holdings estaba a punto de cerrar la mayor operación de su historia.
Y si volvía a convertirse en la esposa de Adrián, su posición podía valer una fortuna.
—No pienso interferir —dije.
—Eso espero.
—Solo quiero lo que establece mi contrato.
Valeria guardó el documento.
—Entonces quizá tengamos un problema.
A la mañana siguiente llamé al abogado de Adrián.
Quería terminar aquello cuanto antes.
Pero apenas mencioné la cláusula diecisiete, el hombre guardó silencio.
—Señora Lancaster… ¿el señor Lancaster no se lo ha explicado?
—¿Explicarme qué?
—Ayer por la noche ordenó suspender cualquier procedimiento relacionado con su acuerdo matrimonial.
Me incorporé.
—No puede hacerlo.
—Hay algo más.
Escuché papeles al otro lado de la línea.
—Hace ocho meses, el señor Lancaster modificó varios documentos patrimoniales.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué documentos?
El abogado respiró profundamente.
—Los que determinan qué ocurriría si usted dejara de ser su esposa.
En ese instante la puerta del despacho se abrió.
Adrián entró.
Llevaba en la mano mi contrato original.
Lo dejó sobre la mesa.
—Cuelga, Elena.
—¿Qué hiciste?
Adrián cerró la puerta con llave.
Por primera vez desde que lo conocía, el hombre que siempre parecía controlar cada emoción tenía miedo en los ojos.
—Cometí un error hace tres años —dijo—. Creí que estaba contratando a alguien para reemplazarla.
Dio un paso hacia mí.
—Pero hace ocho meses entendí que, si Valeria regresaba, la mujer que no podía permitirme perder eras tú.
Y antes de que pudiera responder, alguien golpeó violentamente la puerta.
Era Valeria.
—¡Adrián, abre ahora mismo!
Él no se movió.
Entonces ella gritó algo que hizo que ambos nos quedáramos helados.
—¡Pregúntale a Elena por qué su nombre aparece en el informe del investigador que me encontró!