Las palabras de Emily me atravesaron.
—Papá… mamá intentó detenerlo.
No pregunté qué significaban.
No allí.
No mientras mi hija temblaba entre mis brazos y aquellas bolsas negras permanecían inmóviles bajo el agua verdosa de la piscina.
La levanté y avancé hacia la parte baja de la valla por donde había entrado.
Entonces escuché un ruido dentro de la casa.
Un golpe.
Después, el sonido de algo arrastrándose por el suelo.
Emily se aferró a mi camisa.
—Tenemos que irnos.
Su voz ya no parecía la de una niña de diez años.
Era la voz de alguien que había aprendido a escuchar el peligro antes de verlo.
—¿Jason está dentro?
Emily negó rápidamente.
—No sé.
Otro golpe resonó detrás de la puerta trasera.
Esta vez no esperé.
Crucé la valla con Emily en brazos y la señora Harris corrió hacia nosotros. Cuando vio a mi hija, se llevó ambas manos a la boca.
—Dios mío…
—Llame a emergencias.
—Ya lo hice.
Emily empezó a ponerse nerviosa.
—Papá, mi mochila.
—No necesitamos nada.
—Sí.
Me sujetó del cuello.
—Necesitamos mi mochila. Mamá puso algo dentro.
La miré.
—¿Dónde está?
Emily señaló la casa.
—En mi habitación.
La señora Harris negó con fuerza.
—No vuelva ahí.
Tenía razón.
Cada instinto me decía que subiera a Emily al coche y me marchara.
Pero entonces escuchamos sirenas acercándose.
Dos patrullas llegaron primero. Después apareció una ambulancia.
Cuando los agentes vieron el recinto metálico, el candado roto y el estado de Emily, todo cambió rápidamente.
Una paramédica se arrodilló delante de ella.
—Hola, cariño. Voy a comprobar que estés bien.
Emily no soltaba mi mano.
Uno de los policías, el agente Morales, me pidió que explicara exactamente lo ocurrido.
Cuando mencioné las bolsas de la piscina, su expresión se endureció.
—Nadie se acerca al agua.
Pidió otra unidad.
Mientras los paramédicos atendían a Emily, dos agentes entraron en la vivienda.
Pasaron menos de cinco minutos antes de que uno regresara.
—La casa está vacía.
—¿Sarah?
—No hay nadie.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Mi exmujer debería estar aquí.
Emily bajó la mirada.
—Mamá estaba aquí ayer.
Todos nos volvimos hacia ella.
—¿Qué pasó ayer, cariño? —preguntó suavemente la paramédica.
Emily guardó silencio.
Yo me agaché.
—No tienes que contar nada ahora.
Ella apretó mis dedos.
—Jason estaba enfadado porque mamá quería llevarme contigo.
Se me heló la sangre.
—¿Por qué?
—Porque encontró cosas.
—¿Qué cosas?
Emily miró hacia la piscina.
—Las bolsas.
El agente Morales intervino.
—¿Viste qué había dentro?
Emily negó.
—Jason dijo que eran basura.
—¿Y tu madre?
—Ella dijo que iba a llamar a la policía.
La niña tragó saliva.
—Entonces discutieron.
La paramédica intentó detener las preguntas, pero Emily continuó.
—Mamá me mandó a mi habitación. Después escuché algo romperse.

—¿Viste a tu madre después?
Emily tardó demasiado en responder.
—Sí.
—¿Estaba bien?
—Estaba llorando.
Una pausa.
—Y tenía sangre en la camisa.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
El agente Morales se incorporó inmediatamente y habló por radio.
La escena dejó de tratarse únicamente de una menor encerrada.
Ahora estaban buscando a una mujer desaparecida.
Los agentes acordonaron el patio.
Un equipo especializado llegó poco después y comenzó a inspeccionar la piscina.
Yo permanecí junto a Emily, intentando no mirar.
Pero escuché cuando uno de ellos dijo:
—Tenemos al menos cuatro bolsas.
Emily cerró los ojos.
La primera salió del agua veinte minutos después.
Era grande.
Pesada.
Dos agentes la colocaron cuidadosamente sobre una lona.
Nadie la abrió delante de nosotros.
La segunda era más pequeña.
La tercera produjo un sonido metálico cuando tocó el suelo.
Entonces Emily tiró de mi manga.
—Esa.
—¿Cuál?
Señaló la tercera bolsa.
—Por esa discutieron.
Antes de que pudiera preguntar más, un agente salió de la casa sosteniendo una mochila rosa.
—Encontramos esto en el dormitorio de la niña.
Emily prácticamente saltó de la camilla.
—¡Papá!
El agente Morales abrió la mochila con guantes.
Había ropa infantil.
Un libro.
Una botella vacía.
Y, escondido en un bolsillo interior, un teléfono móvil envuelto en una bolsa transparente.
No era el teléfono de Emily.
Reconocí inmediatamente la funda.
Era de Sarah.
—Ese es el móvil de su madre —dije.
Emily asintió.
—Mamá me lo dio antes de que Jason me sacara al patio.
Morales observó la pantalla.
Estaba apagado.
—¿Te dijo por qué?
—Dijo que si papá venía, tenía que dárselo.
Mi corazón comenzó a golpearme las costillas.
—¿Dijo algo más?
Emily frunció el ceño, intentando recordar.
—Dijo que había grabado todo.
El silencio cayó sobre nosotros.
El agente guardó el teléfono como evidencia.
Entonces uno de los técnicos llamó a Morales desde la piscina.
No escuché toda la conversación.
Solo algunas palabras.
“Documentos.”
“Herramientas.”
Y después:
“Hay fotografías.”
Morales caminó hacia mí con el rostro serio.
—Necesitamos que venga a la comisaría después de que revisen a Emily.
—¿Encontraron a Sarah?
—Todavía no.
—Entonces dígame qué había en las bolsas.
Vaciló.
—No puedo darle detalles todavía.
—Mi hija estuvo encerrada durante tres días. Mi exmujer está desaparecida. Tengo derecho a saberlo.
Morales bajó la voz.
—Lo que hemos encontrado sugiere que Jason llevaba bastante tiempo ocultando algo.
Antes de que pudiera responder, escuchamos un motor.
La señora Harris señaló hacia la calle.
Una camioneta gris pasó lentamente frente a la casa.
Emily vio el vehículo.
Su rostro perdió todo color.
—Papá…
Me giré hacia ella.
—¿Qué pasa?
Sus dedos se clavaron en mi brazo.
—Ese coche.
—¿Lo conoces?
Emily empezó a llorar.
—Jason se llevó a mamá en ese coche anoche.
Dos agentes corrieron hacia sus patrullas.
La camioneta aceleró.
Las sirenas estallaron.
Morales gritó órdenes por radio mientras los vehículos salían tras ella.
Yo abracé a Emily.
Pensé que aquello era lo peor.
Me equivocaba.
Porque en ese instante uno de los técnicos salió de la casa llevando una pequeña cámara digital.
—Agente.
Morales se acercó.
—La encontramos escondida detrás de una rejilla de ventilación del dormitorio principal.
—¿Funciona?
—Sí.
El técnico miró hacia Emily y después hacia mí.
—Hay varios vídeos.
Morales tomó la cámara.
—¿De cuándo?
El hombre tragó saliva.
—El último fue grabado anoche.
Emily dejó de respirar por un segundo.
—Mamá tenía esa cámara.
Morales observó la pantalla y reprodujo unos segundos.
No pude ver la imagen.
Pero vi cómo cambiaba su rostro.
—¿Qué aparece? —pregunté.
No respondió.
—Agente, ¿qué aparece?
Morales levantó lentamente los ojos hacia mí.
—Sarah. Jason. La piscina.
Mi estómago se cerró.
—¿Y qué pasó?
Antes de responder, su radio crepitó.
Una voz nerviosa surgió del altavoz.
—Morales, hemos localizado la camioneta.
—¿Dónde?
Hubo una pausa.
—Abandonada junto a la carretera del lago.
—¿Jason?
—No está.
Morales apretó la radio.
—¿Y Sarah?
La respuesta llegó unos segundos después.
—Hay alguien dentro del vehículo.
Emily hundió el rostro contra mi pecho.
Pero la voz de la radio todavía no había terminado.
—Y Morales…
—Adelante.
—Encontramos otro teléfono en el asiento. Está encendido. Acaba de recibir un mensaje.
—¿Qué dice?
Otra pausa.
Entonces escuchamos cinco palabras que hicieron que incluso Morales palideciera.
—“Todavía tienen a la equivocada.”