Nombre: Tham Hac Ninh.
Edad: 26 años.
Estado civil: soltera.
Bui Nghien Chu se quedó mirando aquella última palabra durante tanto tiempo que las letras comenzaron a desenfocarse.
Soltera.
Nueve meses atrás, él todavía la abrazaba mientras le prometía:
—Espérame dos años. Cuando vuelva, nos casaremos.
Tres meses después de aquella promesa, había desaparecido.
Y ahora ella acababa de dar a luz.
Bui Nghien Chu bajó la mirada hasta la siguiente línea.
Fecha estimada de concepción.
Sus dedos se quedaron inmóviles.
Calculó una vez.
Luego otra.
La fecha coincidía exactamente con la última semana que habían pasado juntos.
Cerró el expediente de golpe.
—Doctor Bui.
La enfermera lo miró con extrañeza.
—Ese expediente es privado.
—Lo sé.
Su voz apenas salió.
—Lo siento.
Caminó hasta la habitación 307.
A través del cristal vio a Hac Ninh dormida. El bebé descansaba en la pequeña cuna junto a ella.
Durante nueve meses había imaginado cientos de veces cómo sería volver a verla.
Nunca imaginó que sería así.
Nunca imaginó que su primera frase sería:
“Cambie de médico. No conozco a esta persona”.
La puerta del ascensor se abrió detrás de él.
Un hombre alto salió apresuradamente llevando varias bolsas.
—¿Hac Ninh ya dio a luz?
Bui Nghien Chu se giró.
Hoac Senh.
El nombre escrito como contacto de emergencia.
Hoac Senh también lo reconoció.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué haces aquí?
—Trabajo aquí.
—Qué casualidad.
No había ninguna amabilidad en su voz.
Bui Nghien Chu miró las bolsas que llevaba.
Ropa para bebé.
Una manta.
Comida.
Todo aquello que debería haber preparado él.
—¿Quién eres para ella?
Hoac Senh soltó una risa fría.
—¿Ahora preguntas?
La mandíbula de Nghien Chu se tensó.
—He preguntado quién eres.
—La persona que contestó el teléfono cuando comenzó el parto. La que firmó los documentos cuando la ingresaron. La que estuvo aquí mientras ella tenía miedo.
Se acercó un paso.
—En resumen, la persona que estuvo cuando tú no estabas.
Nghien Chu palideció.
—¿El bebé es mío?
Hoac Senh lo miró durante varios segundos.
—No tienes derecho a preguntármelo.
Entró en la habitación y cerró la puerta.
Hac Ninh despertó media hora después.
Lo primero que hizo fue buscar la cuna.
—Está aquí —dijo Hoac Senh—. Está perfectamente.
Ella relajó los hombros.
—Gracias.
—Él sigue fuera.
Los ojos de Hac Ninh no cambiaron.
—Que siga.
—¿No quieres escuchar su explicación?
Ella observó a su hija.
Durante meses había imaginado aquel momento.
Había imaginado golpearlo.
Preguntarle por qué.
Llorar.
Exigir respuestas.
Pero cuando finalmente lo había visto, descubrió algo mucho más triste.
Ya no necesitaba ninguna explicación.
—Cuando descubrí que estaba embarazada lo llamé treinta y siete veces.
Hoac Senh guardó silencio.
—Le envié fotografías de las pruebas. Después la primera ecografía. Después un mensaje diciéndole que tenía miedo.
Sus dedos acariciaron suavemente la manta rosa.
—Todo quedó sin respuesta.
Tres meses después, el número dejó de existir.
WeChat bloqueado.
Correo sin respuesta.
Hasta la dirección del apartamento que él había utilizado estaba vacía.
—Lo busqué durante cuatro meses —continuó—. Después dejé de hacerlo.
—Hac Ninh…
—Mi hija necesitaba una madre. No una mujer esperando delante de un teléfono.
Entonces llamaron a la puerta.
Bui Nghien Chu entró.
Hoac Senh se levantó inmediatamente.
—Fuera.
—Solo necesito cinco minutos.
—Ella necesita descansar.
—Senh.
Hac Ninh habló.
—Déjalo.
Hoac Senh dudó antes de salir.
Nghien Chu permaneció junto a la puerta.

No se atrevió a acercarse.
—Hac Ninh…
—Cinco minutos.
Él respiró profundamente.
—No te abandoné.
Ella no reaccionó.
—Hace nueve meses fui enviado a una misión médica internacional confidencial. Hubo un accidente. Estuve incomunicado durante meses.
Hac Ninh levantó lentamente los ojos.
—¿Y después?
Nghien Chu se quedó callado.
Ese silencio respondió por él.
—Exactamente —dijo ella.
—Cuando pude regresar…
—¿Cuándo?
—Hace seis semanas.
Por primera vez apareció una emoción clara en el rostro de Hac Ninh.
No era tristeza.
Era incredulidad.
—¿Llevas seis semanas aquí?
—Sí.
—¿Y no me buscaste?
Nghien Chu cerró los ojos.
—Me dijeron que estabas viviendo con otro hombre.
Hac Ninh soltó una risa débil.
—Así que decidiste creerlo.
—Pensé que habías seguido adelante.
—¿Y qué esperabas? ¿Que permaneciera congelada durante dos años esperando a un hombre cuyo número había desaparecido?
—No sabía que estabas embarazada.
—Porque nunca preguntaste.
La frase cayó entre ambos.
Nghien Chu miró hacia la cuna.
—Déjame hacer una prueba de paternidad.
Hac Ninh se quedó inmóvil.
—No.
—Necesito saberlo.
—Tú necesitas saberlo.
Ella lo miró directamente.
—Yo no necesito nada.
Bui Nghien Chu dio un paso adelante.
—Si es mi hija, asumiré mi responsabilidad.
Hac Ninh sonrió.
Aquella sonrisa le dolió más que cualquier reproche.
—¿Responsabilidad?
Se incorporó ligeramente pese al cansancio.
—Cuando tuve mi primera revisión, fui sola. Cuando escuché su corazón por primera vez, estaba sola. Cuando tuve fiebre en el séptimo mes, Hoac Senh me llevó al hospital. Cuando comenzaron las contracciones, fui yo quien preparó mi bolso y llamó a un taxi.
Su voz permaneció tranquila.
—No puedes aparecer después de nueve meses y llamarte padre porque compartes su sangre.
Nghien Chu bajó la cabeza.
—Dame una oportunidad.
—Ya te la di.
—Hac Ninh…
—Te esperé.
Sus ojos finalmente se humedecieron.
—Ese fue mi error.
En ese momento, el bebé comenzó a llorar.
Hac Ninh inmediatamente extendió los brazos.
Pero antes de tocar la cuna, Nghien Chu dio instintivamente un paso.
Ella lo miró.
Él se detuvo.
Aquella distancia de apenas un metro parecía imposible de cruzar.
—Sal —dijo ella.
Esta vez obedeció.
Esa noche, Nghien Chu no regresó a casa.
Se quedó en su despacho revisando antiguos registros.
Había algo que no encajaba.
Durante su misión, su teléfono personal había quedado bajo custodia del hospital.
Cuando recuperó sus pertenencias, no había ningún mensaje de Hac Ninh.
Ninguna llamada.
Ninguna ecografía.
Nada.
Pero ella aseguraba haberlo contactado decenas de veces.
Abrió el sistema interno.
Buscó los registros correspondientes a nueve meses atrás.
Y entonces lo encontró.
Su número nunca había sido desactivado.
Alguien había solicitado una sustitución de tarjeta SIM mientras él estaba fuera.
La solicitud llevaba una firma digital.
Nghien Chu acercó el rostro a la pantalla.
Conocía aquel nombre.
Su respiración se volvió pesada.
Abrió después el historial de acceso a su cuenta de WeChat.
Había conexiones durante los meses en que él estaba incomunicado.
Alguien había leído los mensajes.
Y después había bloqueado a Hac Ninh.
Nghien Chu sintió frío.
Marcó inmediatamente un número.
—Necesito saber quién autorizó el acceso a mis cuentas durante mi ausencia.
Al otro lado guardaron silencio.
—Doctor Bui…
—Ahora.
Escuchó unas teclas.
Después, una respiración nerviosa.
—La autorización vino directamente de su contacto familiar registrado.
Nghien Chu apretó el teléfono.
—¿Quién?
La respuesta hizo que todo su cuerpo quedara rígido.
A la mañana siguiente, Hac Ninh recibió el alta.
Hoac Senh colocaba la pequeña silla del bebé cuando se abrieron las puertas del ascensor.
Bui Nghien Chu apareció corriendo.
—Hac Ninh.
Ella continuó caminando.
—Necesito decirte algo.
—No.
—Yo nunca bloqueé tu número.
Sus pasos se detuvieron.
Nghien Chu llegó hasta ella, respirando con dificultad.
—Alguien leyó todos tus mensajes mientras yo estaba fuera.
Hac Ninh giró lentamente.
—¿Qué estás diciendo?
Él sacó varias hojas impresas.
—Tus llamadas llegaron. Tus fotografías también.
Por primera vez desde que lo había visto en la sala de partos, el rostro de Hac Ninh perdió completamente la calma.
—Entonces…
—Alguien se aseguró de que yo jamás las viera.
—¿Quién?
Nghien Chu abrió la boca.
Pero antes de poder responder, una voz femenina resonó detrás de ellos.
—Nghien Chu.
Él se quedó inmóvil.
Hac Ninh miró por encima de su hombro.
Una mujer elegantemente vestida estaba junto al ascensor.
Sostenía un bolso blanco entre las manos.
Su mirada pasó de Nghien Chu a Hac Ninh.
Después descendió lentamente hasta la niña.
Y su rostro cambió.
Bui Nghien Chu dio un paso adelante.
—Mamá.
Hac Ninh comprendió inmediatamente.
Pero la mujer no la miraba a ella.
Miraba al bebé.
Y entonces pronunció una frase que hizo que incluso Nghien Chu palideciera:
—Te dije que borrar sus mensajes no sería suficiente.